Los vecinos del nº11 de la calle Alejandre no pueden descansar

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Desde la inauguración del Bar «La Gruta» para los vecinos que viven encima de este establecimiento ha cambiado la vida. Durante los fines de semana la música y el ruido que emana de este bar junto con la caja de resonancia que ejerce el pasaje, en el cual se alberga, hacen que el descanso sea imposible para los residentes de este bloque. Una situación tan obviamente inadmisible, por ahora sigue tolerándose en la ciudad de Alcañiz pese a las protestas y denuncias efectuadas por los vecinos damnificados ante las autoridades municipales.

 

Esta situación que se alarga ya más de tres años ha provocado graves trastornos en la salud de los vecinos. Todos ellos necesitan fármacos para dormir entre los que se incluyen los ansiolíticos, antidepresivos y somníferos para afrontar la retumbante velada.

 

El número 11 de la calle Alejandre ya no es un sitio donde se pueda vivir digna y tranquilamente. Los vecinos que no han tenido la oportunidad de marcharse, refieren que sus vidas allí se han convertido en una pesadilla. Desde que el Bar «La Gruta» se ha instalado bajo los arcos góticos del Pasaje La Muralla ―sin las licencias reglamentarias y sin las condiciones de insonorización pertinentes,  según señalan los vecinos―, el bloque entero se transforma, de jueves a domingo, en una enloquecedora caja de resonancia que atormenta y desespera a cuantos lo habitan. Desde las diez de la noche hasta las cinco y, a veces, hasta la seis de la mañana, se prolonga ese tormento. La mayoría de los vecinos son personas mayores a quienes esta situación (ya llevan más de tres años así) les ha provocado graves trastornos de salud. Todos ellos necesitan diferentes fármacos  para poder dormir: somníferos, ansiolíticos, antidepresivos para afrontar la retumbante velada ―con DJs incluidos— que se produce en los bajos de sus viviendas. La música machacona atraviesa las paredes, se filtra por los resquicios, aporrea los cristales, retumba e invade cada rincón de sus casas durante horas, destrozando los nervios y vulnerando gravemente los derechos más elementales que poseen como ciudadanos, como es el derecho al descanso. Una de las afectadas, Mari Paz, nos relata entre lágrimas de impotencia e indignación, que ella no puede tomar «pastillas para dormir» porque debe cuidar a su madre de 86 años y enferma de Alzheimer. Nos dice que muchas, muchas veces, ha tenido que asistir a su trabajo sin haber pegado un ojo en toda la noche. A veces, nos dice, sufre mareos y teme que la falta de descanso pueda mermar la concentración necesaria para cumplir un puesto de trabajo de gran responsabilidad en la farmacia del Hospital. Mariam, por su parte, y como la mayoría de los vecinos, necesita ayuda psicológica y recibe un tratamiento específico para combatir la depresión y la ansiedad que esta situación le ha provocado.

 

¿Qué intereses, qué influencias, qué fuentes de poder sustentan esta situación? ¿Por qué el Ayuntamiento persiste en ignorar este problema a pesar de la persistencia de la lucha de los vecinos en defensa de sus derechos a la salud, al descanso?  Eso continúan preguntándose los afectados, hartos ya de soportar el grave quebranto de la salud física y emocional.

 

Casi todos los fines de semana se ven forzados a pasar la noche en vela, insomnes,  desesperados, conteniéndose mutuamente entre los vecinos, mirando sin ver la televisión hasta que amanece. Cuántas veces, nos dicen, han tenido que llamar a la Policía Municipal en medio de crisis incontrolables de llanto. Cuántas veces, en invierno o verano, han tenido que vestirse a las cuatro de la mañana y personarse en la sede de la Policía Municipal a presentar una denuncia o rogar que, por favor, bajen el volumen de la música. Pero cuántas veces, también, han chocado con la misma  incomprensible falta de respuestas. Sienten que han ingresado en un «proceso» kafkiano, en una pesadilla donde intentan, infructuosamente, recuperar  el derecho a dormir tranquilamente en sus casas. Pero no saben ni comprenden por qué no hay respuestas, por qué los argumentos con los que les responden son falaces, sesgados, inconsistentes, y por qué se encuentran, una y otra vez, con que las instancias a las que intentan apelar son sordas e insensibles. Y  aquí no se trata de una novela, ni de literatura del absurdo, como la obra citada: estamos hablando de la vida real, son vecinos reales de Alcañiz del siglo XXI donde ya no existe el caciquismo abusivo y despótico ―supuestamente―, sino que las autoridades responsables han sido elegidas de forma democrática. Sin embargo, el problema no se resuelve, todo se diluye, perversamente ignorado por quienes deberían velar por el bienestar  de los vecinos. Las denuncias, las quejas, las mediciones de contaminación acústica (donde se demuestra que los decibelios superan ampliamente  lo permitido por la normativa), los informes e intervención del INAGA (Instituto Aragonés de Gestión Ambiental) arriban siempre al mismo  silencio, a la misma insensibilidad del Ayuntamiento, a una posición insultante que va más allá de la indiferencia, que deja más indefensos a los verdaderos damnificados. ¿Qué intereses, qué influencias, qué fuentes de poder sustentan esta situación? ¿Por qué el Ayuntamiento persiste en ignorar este problema a pesar de la persistencia de la lucha de los vecinos en defensa de sus derechos a la salud, al descanso?  Eso continúan preguntándose los afectados, hartos ya de soportar el grave quebranto de la salud física y emocional y la merma económica que este conflicto trae aparejado: esos pisos no se pueden vender ni alquilar: nadie soporta vivir en esas condiciones. Nadie debería vivir en esas condiciones.

 

Marcamos las normas

Una pegatina con el eslogan “Marcamos las normas” junto a un par de altavoces fue colocada por los dueños del establecimiento causante de las quejas de los vecinos del número 11 de la calle Alejandre. Toda una provocación, según expresaron éstos en abril de 2016 cuando apareció dicha pegatina con el polémico enunciado: “así alardean, presumen y se jactan” referían los vecinos. Una muestra más de la trayectoria y de la sensibilidad que desde el bar tienen con el vecindario.

Por aquellas fechas de 2016, según palabras del secretario del Ayuntamiento de Alcañiz, el establecimiento no tenía licencia “ni para poner un transistor” pero estaba abierto.

Desde 2013, cuando se abrió el bar, las quejas y protestas de los vecinos no han cesado, y a día de hoy la situación del pub sigue sin regularizarse.

No obstante, más allá de que consigan adecuar la licencia de actividad, surge la pregunta: ¿es el mejor sitio para un local de copas el pasaje de un bloque de vecinos? Las normas las deberían dictar la legalidad y el sentido común y no la política de hechos consumados. El derecho al descanso de unos vecinos sigue vulnerado mientras el expediente se eterniza en los despachos municipales, mientras los damnificados esperan una solución. 

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