Los trapos sucios de la moda

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La espiral productiva en la que se encuentra inmersa la industria textil está creando daños colaterales tanto en el medio ambiente como en los derechos laborales de los trabajadores que sostienen la producción textil.

A lo largo de la prehistoria hombres y mujeres aprendieron a hilar y tejer. Los egipcios introdujeron el lino, utilizaban pelucas de crin y maquillaban sus ojos rasgados con koll. En su rutina diaria se frotaban el cuerpo con una pasta de arcilla procedente de los linos del Nilo. En la Grecia clásica sus habitantes se vestían  con una túnica de seda que adornaban con franjas a modo de galones. Homero nos describe en la Ilíada como Hera se preparaba para seducir a su esposo Zeus "untó su cuerpo en aceite luego con sus propias manos peino sus cabellos". De la sensualidad de las madonas renacentistas a la estética rígida y puritana del XVII. Un siglo después media Europa se hacía eco de los gustos y excesos de María Antonieta y las míticas fiestas que se celebraban en Versalles. Los románticos maquillaban sus rostros de mortecina languidez y teñían sus cabellos de ébano.

Parece evidente que en este ir y venir de pasiones, sueños y adversidades nuestra indumentaria viene siendo forma de expresión, un reflejo de como nos mostramos al mundo y como el mundo nos ve. Sin embargo tras una versión más o menos amable de la moda otra que no lo es tanto. Tras el derroche de ingenio y creatividad los daños colaterales de la industria. Tras el éxito rotundo de reconocidas marcas algunas verdades menos prometedoras. Cada año se producen más de 80.000 millones de prendas en el mundo. Y es que la industria textil es hoy uno de los negocios más contaminantes. El segundo por detrás del petróleo. Además de ser cuestionada por pasarse por el forro los derechos laborales y de explotación infantil. Entre otras cosas aprovechando el vacío legal que existe en este sector. Las grandes cantidades de agua, fertilizantes y pesticidas en la producción de algodón y químicos nocivos en los tintes daña el medio ambiente y a sus trabajadores. Si miramos a China el 70% de sus ríos y lagos  están contaminados como dice el informe "limpiando la industria". El Ganges, río sagrado de la India, vital para la economía del norte del país, actualmente está siendo contaminado y aniquilado por las fábricas de cuero barato de Kapur. Cada día se derraman 50 millones de litros de los curtidores.

Flaco favor le hacemos al planeta si a esto le añadimos nuestra adición a la moda rápida o fiebre por el ‘low cost’. Las temporadas tradicionales desaparecen y se instala un calendario frenético de producción ‘non stop’ en el que cada semana tenemos un nuevo producto en rotación listo para consumir. Las tendencias cada vez son más volátiles generando una espiral  de producción devastadora y multiplicándose el creciente número de prendas que se fabrican, usan y tiran al tiempo que crece el impacto ambiental y social. La baja calidad de los productos y los bajos precios invitan a participar en una especie de oda al consumo que no tiene fin. La gestión de los desperdicios no es un tema que preocupe a las grandes tiendas, por lo que toda su producción terminará en un vertedero enorme de desperdicios textiles esperando a desintegrarse en unos cientos de años. La mayoría de los vertederos están en países del tercer mundo, principalmente en África. Por añadir un algo de optimismo es cierto que junto a asociaciones ecologistas cada vez son más los diseñadores y consumidores que se suman a un proyecto de moda más ética. En el 2011 Greenpeace lanzó la campaña Detox, un programa para instar a estas marcas a eliminar todos los vertidos de sustancias peligrosas de sus productos cara al 2020. Mientras tanto en nuestras manos está reciclar, reutilizar y reducir.Ω

 

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