Viva México cabrones III

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Ignacio Martínez Castelló

Pancho Villa además de los atributos políticos y sociales, se convierte en un gran estratega militar muy avanzado a su tiempo, incluso compra un avión para utilizarlo en la guerra.

Ni los aviones, ni su ejército estaban preparados para la tarea que pretende realizar. Hoy resulta cómico pensar en un campesino al que le acaban de enseñar a pilotar un avión, dirigiéndolo mientras tira una bomba manual desde el aire; por no hablar del pavor que tenían a volar, contradictorio con su poco apego a la vida.

Tras la segunda toma de Torreón, y en medio de todo tipo de festejos populares, el 3 de abril Villa ordenó apresar a todos los Gachupines -españoles-. Entre otros motivos era evidente el apoyo de los comerciantes españoles a las filas contrarrevolucionarias. Además fue informado de que alguno de ellos apenas pagaban 8 céntimos la hora a sus trabajadores, lo que le llevo a gritar a Villa “Desgraciados gachupines, si nomás los agarro los quemo a todos”. Finalmente 900 españoles fueron deportados a El Paso.

Villa no se anda con chiquitas y edita un bando: “Será multada en suma no menor de 100 pesos la persona que no asee su casa por dentro y por fuera, así como la parte de la calle que le corresponda; y eso a más tardar para las 12 del día 5 de abril”. Además de estas normas cívicas los trenes son utilizados para trasladar alimentos, incluso organizando un reparto gratuito de pan entre los pobladores.

Se expropiaron 15000 hectáreas de terreno propiedad de la familia Lujan, lo que da una idea de como era el reparto de la tierra en México. Se distribuyó la tierra entre todo tipo de campesinos pobres. Esa era la política práctica de Villa.

Con una excusa ridícula EEUU decidió entrar en México, se apodera de Veracruz con su flota. Lo que genera un problema a Villa, puesto que aún siendo consciente del papel imperialista de EEUU, todo su comercio lo realiza con ese país. Vendiendo ganado consigue el dinero que le permite comprarles armas para la guerra.

Villa hace declaraciones en medios de comunicación americanos intentando bajar la tensión, lo que menos pretende es provocar al gigante del norte, mientras Carranza lo acusa de haberse entrometido en política exterior al hacer publicas sus opiniones, las relaciones entre ambos se tensan definitivamente.

La intervención norteamericana es aprovechada tanto por Huerta como los federales para proponer a Villa la unión de todos los mexicanos contra el invasor norteamericano. La respuesta de Villa es que no quiere saber nada de los asesinos de Madero, además de expresar su confianza en el pueblo americano, entendiendo que la toma de Veracruz es un hecho aislado, que no se va a convertir en una invasión del resto del territorio. Finalmente termina dejando clara su perspectiva en caso de guerra con EEUU, y su posición al respecto: “Y si todo fracasa, muramos cada quien por nuestro lado”.

La cantidad y calidad de las anécdotas que es capaz de provocar la Revolución Mexicana es apabullante, por ejemplo se fusila por ambos bandos a los oficiales enemigos, sin darles ningún trato privilegiado. En una ocasión un lugarteniente de Villa decide no fusilar a un oficial huertista, ante lo cual Villa le pide explicaciones; la respuesta del interpelado es que el afectado se encuentra herido, y a los heridos se les cura, no se les fusila. Villa dio por buenas sus explicaciones.

Huerta empieza a estar acorralado la revolución se extiende con rapidez, existen cuatro ejércitos rebeldes, independientes en la práctica. Por un lado la División del Noroeste encabezada por Álvaro Obregón, la División del Noreste de Pablo González, el Ejercito del Sur al mando del cual se encuentra el otro gran líder de la revolución Emiliano Zapata, y como no Francisco Villa al mando de la División del Norte. Todos avanzaban en sus territorios y como es obvio se orientan hacia la capital México D.F.

Carranza pretende determinar la política de los distintos ejércitos revolucionarios, por ejemplo trata de relevar a responsables elegidos por Villa, un ejemplo cuando pretende cesar a Calzada responsable de los ferrocarriles del norte, cambiándolo por un hombre de su confianza. La tensión entre ambos dirigentes aumenta y Villa le responde lo siguiente a Carranza: “Usted es el jefe. Si usted desea que Calzada renuncie, renunciará; pero le aviso que ha trabajado a mi satisfacción. No tengo tiempo de ocuparme de los ferrocarriles. Si el hombre que nombrare usted como su sucesor no cumpliese a mi satisfacción, será fusilado”. Finalmente Calzada no fue sustituido.

Cualquier cuestión supone un enfrentamiento, una vuelta a la época de Madero, con una diferencia, Carranza no goza de la admiración que sentía Villa por el expresidente. Por segunda vez en el proceso revolucionario Villa propone abandonar la dirección militar de la División del Norte. Ángeles lugarteniente de Villa, y persona de máxima confianza explica el telegrama que éste envía a Carranza “A ver quéhace usted con estos elementos, mi general, yo ya me voy”. En la oficina de telégrafos los que estaban enterados de la noticia piensan que Carranza no va a aceptar su marcha, solo Ángeles, y probablemente el propio Villa están convencidos de la aceptación por parte del futuro presidente. Es probable que Villa quisiera confirmar que las diferencias entre uno y otro son irreconciliables.

La respuesta de Carranza no se hace esperar, acepta su marcha del frente: “Aunque con verdadera pena, me veo obligado a aceptar se retire usted del mando en jefe de la División del Norte, dando a usted las gracias en nombre de la nación, por los importantes servicios que ha prestado usted a nuestra causa. Esperando pasará usted a encargarse del gobierno del estado de Chihuahua”.

Los generales de la División del Norte pretenden que Carranza reconsidere su posición, y tras varios telegramas enviados, como el siguiente ejemplo:  “Señor Carranza: me entero de su comportamiento para mi general Francisco Villa. Es usted un hijo de mala mujer. Maclovio Herrera”. Carranza se niega a ceder y finalmente son los propios generales los que le informan al mando de Villa que se dirigen a Zacatecas.

Carranza inicia actos conscientes de boicot a la División del Norte, poniendo en peligro la revolución, negándose a proveer de carbón al ejercito Villista para que continuara su avance. Ante la gravedad de la situación la División del Norte y del Noreste se citan en la Conferencia de Torreón, en la que los dos ejércitos tratarán de consensuar un programa y una táctica común  en el desarrollo de la revolución. Acuden representantes de todos lo sectores del bando revolucionario.

Carranza pretende ser investido presidente provisional de México cuando triunfe la revolución, sin concretar convocatoria electoral, ni forma de control alguna del pueblo sobre su presidencia. Pero sucede algo con lo que no cuenta en la Conferencia, y es el giro a la izquierda en los posicionamientos mayoritarios de los delegados, es un síntoma que antecede al triunfo revolucionario. Tal y como relata Taybo en su biografía de Villa:

“La conferencia aprobó que ningún jefe del Ejército Constitucionalista pudiese figurar como candidato a la presidencia”. La última resolución tomada decía en su parte final: “Las Divisiones del Norte y del Noreste se comprometen [...] a implantar en nuestra nación el régimen democrático; a procurar el bienestar de los obreros; a emancipar económicamente a los campesinos haciendo una distribución equitativa de tierras o por otros medios que tiendan a la resolución del problema agrario, y a corregir, castigar y exigir las debidas responsabilidades, a los miembros del clero católico romano que material o intelectualmente hayan ayudado al usurpador Victoriano Huerta”.

Carranza no quiere ir tan lejos, y sobre todo quiere las manos libres tras la victoria, su respuesta, una vez más de la biografía de Taybo: Carranza contestó el 13 de julio a los conferencistas diciendo: “La Primera Jefatura del Ejército Constitucionalista a mis órdenes aprueba, en lo general, los acuerdos tomados en las conferencias de Torreón”. Pero no respondía a las sugerencias de integrar un gabinete unitario y de consenso, no hablaba de que al terminar el interinato no podría ser presidente constitucional, y desde luego ignoraba el llamado a las reformas sociales: “Respecto a la cláusula octava (la que enunciaba la necesidad del reparto agrario, la disposición hacia los obreros, buscando su mejora económica y el castigo al clero intervencionista) que se aprobó en las conferencias, debo expresar que los asuntos emitidos en ella, son ajenos al incidente que motivó las conferencias”. Ω


En la edición de octubre saldrá la cuarta parte y final de esta entrega.

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