Los bombardeos del terror

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El control del espacio aéreo español por la aviación franquista apoyada por la Legión Cóndor nazi y la Aviación Legionaria italiana provocó uno de los peores episodios de nuestra Guerra Civil con el bombardeo a civiles en muchas ciudades bajo el control republicano. Barcelona, Madrid, Valencia, Bilbao, Guernica y también Alcañiz fueron masacradas por las bombas fascistas.

Una de las más trágicas novedades de la Guerra de España de 1936-1939 fue el grado de utilización de la aviación, arma en la cual el dominio de las fuerzas rebeldes alzadas contra la República fue siempre aplastante. De este modo, la aviación franquista, junto con el importante apoyo que le supuso el potencial de la Legión Cóndor nazi y la Aviación Legionaria italiana enviada por Mussolini, tenían por objetivo de guerra no sólo neutralizar los puertos y comunicaciones republicanas, sino también, y esta es la novedad, socavar la moral de la retaguardia republicana bombardeando zonas y ciudades que no tenían valor estratégico militar lo cual suponía un elevado número de víctimas entre la población civil no combatiente, convirtiendo así a ésta en objetivo de guerra. Esta táctica criminal es lo que ha dado en llamarse “los bombardeos del terror” del cual Alcañiz y el triste recuerdo de los sucesos del 3 de marzo de 1938, como ha documentado de forma excelente José María Maldonado, son un sangrante ejemplo.

 

Aunque el objetivo era la desmoralización de la población civil, en muchos casos los bombardeos del terror consiguieron posicionar y activar [en contra del fascismo] a personas hasta entonces aletargadas.

 

Los “bombardeos del terror” fascistas tenían, pues, como objetivo causar el mayor número posible de víctimas inocentes, de civiles, con la finalidad de generar pavor entre la población que se mantenía leal a la causa republicana. Fue el teniente coronel alemán, Wolfram von Richthofen, jefe del Estado Mayor de la Legión Cóndor hitleriana, el principal instigador de los “bombardeos del terror”, entendiendo por tales la matanza indiscriminada de civiles en poblaciones alejadas de las líneas de los frentes de combate, que no eran objetivos militares vitales para el adversario. Richthofen, primo del mítico piloto de la I Guerra Mundial conocido como “Barón Rojo”, como recordaba Paul Preston, tuvo siempre una terrorífica y sangrienta forma de utilizar la aviación, tanto en la contienda de España, como más tarde haría cuando planificó la “Blitzkrieg”, la “guerra relámpago”, durante la invasión nazi de Polonia en septiembre de 1939 que supuso el inicio de la II Guerra Mundial.

 

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Así quedó Guernica tras el ataque llevado a cabo por aviones de la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana

 

El teniente coronel von Richthofen, al asumir el mando de la Legión Cóndor, se marcó como objetivo experimentar nuevos métodos de guerra en España, como era el caso del empleo de los “bombardeos del terror”, como más tarde utilizarían los nazis durante la II Guerra Mundial. Por ello, Richthofen asumió fielmente en su actuación militar, aquella perversa estrofa del himno de la Legión Cóndor que decía, refiriéndose a los republicanos, “Los cazamos como ganado / y el diablo de esto se rió / Los rojos ni en aire / ni en tierra española / tuvieron donde descansar”. En consecuencia, se sintió muy satisfecho al demostrar los devastadores efectos psicológicos que, tras empezar a aplicar la táctica de “los bombardeos del terror”, mediante el empleo de bombas de gran potencia destructiva y otras de tipo incendiario, además del ametrallamiento de la población civil por el empleo de los cazas de combate, causaban en la moral republicana, táctica que puso en práctica en el frente de Vizcaya durante la primavera de 1937. Este fue el caso del ataque de la Legión Cóndor sobre Bilbao, donde Richthofen ordenó a sus pilotos tratar “sin consideración a la población civil” y que el 4 de enero de 1937 sufrió uno de los ataques aéreos más fuertes de toda la guerra, y el posterior bombardeo de Durango (31 marzo 1937), que causó 258 víctimas, muchas de ellas mientras asistían a misa, entre ellas, 14 monjas y 2 sacerdotes.

Pero el mayor oprobio de los crímenes de Richthofen y de la Legión Cóndor tuvo lugar el 26 de abril de 1937 en Guernica en donde tras una tarde de bombardeos incesantes por medio de bombas explosivas e incendiarias y el posterior ametrallamiento por parte de los Stukas de la población civil, que causó casi tres centenares de muertos, se arrasó el 70% de los edificios de la emblemática población vasca. Fue por ello Guernica el bombardeo de mayor impacto en la zona republicana y en la opinión pública internacional de toda la guerra, inmortalizado en la memoria antifascista por Picasso. En cambio, von Richthofen, con su frialdad criminal nazi, lo calificó como “todo un éxito técnico”. Ciertamente, con los ataques a Bilbao, Durango y Guernica, se había cumplido plenamente el objetivo de la Legión Cóndor de “atemorizar en profundidad”, deseo que compartían plenamente Mola y Franco para derrotar a las fuerzas republicanas en el frente norte.

También Madrid sería objeto de bombardeos incesantes a partir de agosto de 1936 y, durante toda la guerra por lo que, se convertiría, según Solé i Sabaté en “la primera gran ciudad europea bombardeada por la aviación”, siendo sometida a ataques diarios tanto por parte de la aviación como de la artillería rebelde. Ya lo había dicho Franco: “Destruiré Madrid antes que dejárselo a los marxistas” y, por ello, como recordó el general Alfredo Kindelán, máximo responsable de la aviación franquista, “Franco ordenó un ensayo de actuación desmoralizadora de la población [de Madrid] mediante bombardeos aéreos”, sobre todo tras el fracaso rebelde en su ataque frontal para apoderarse de la capital de España en noviembre de 1936, bombardeos de los que no se libraron ni edificios históricos como el Museo del Prado o la Biblioteca Nacional, pero si el derechista barrio de Salamanca, por orden expresa del dictador. No obstante, la pretendida intimidación por medio de los bombardeos aéreos logró el efecto contrario al previsto por los rebeldes ya que sirvió para aumentar el espíritu de resistencia antifascista de los madrileños.

Otra de las ciudades que sufrió bombardeos indiscriminados por parte de la aviación rebelde fue Valencia, entre otras razones, por ser durante un tiempo la capital temporal de la República. Entre los múltiples ataques aéreos sufridos, fue especialmente dramático el del 20 de enero de 1938, bombardeo que no buscó ningún objetivo militar sino que se dirigió hacia la céntrica Calle de la Paz y que causó 125 muertos y 226 heridos.

 

En los bombardeos sobre Madrid no se libraron ni edificios históricos como el Museo del Prado o la Biblioteca Nacional, pero si el derechista barrio de Salamanca, por orden expresa del dictador.

 

Pero si una ciudad fue objeto permanente de los “bombardeos del terror” fue Barcelona, la ciudad republicana más bombardeada durante la guerra. En el triste recuerdo quedan los ataques continuados sufridos por la ciudad condal los días 16, 17 y 18 de marzo de 1938 y que, como reconoció el embajador nazi ante el Gobierno rebelde de Burgos, “el objeto no era tanto militar como sembrar el terror entre la población civil”. Los bombardeos de dichos días, habían sido ordenados directamente por Mussolini a su Aviación Legionaria y, según el conde Galeazzo Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de la Italia fascista y yerno del Duce, pretendían abatir “la moral de los rojos mientras las tropas [franquistas] avanzan en Aragón”. Estos sangrientos bombardeos emplearon un nuevo método de ataque mucho más cruel ya que en vez de concentrar todas las bombas en un lugar y en un momento determinado, se realizaron mediante una cadena ininterrumpida de bombardeos (13 incursiones en 40 horas) de modo que, como recordaba Hilari Raguer, “los sistemas de alarma y de aviso de la población quedaron trastocados y cuando sonaban las sirenas ya no se sabía si se anunciaba el fin de una incursión o el comienzo de otra”. Esta táctica es a la que la Aviación Legionaria italiana aludía como “un martilleo diluido en el tiempo”, la cual calificó el diario La Vanguardia como “la fórmula guerrera más canallesca y miserable que haya cabido en cabeza humana” y que, según datos oficiales, causó 924 muertos, cifra que no incluye a los numerosos desaparecidos y casi 3.000 heridos. No obstante, y al igual que ocurrió en Madrid, según el testimonio del embajador americano Claude Bowers, “después de los bestiales bombardeos de Barcelona, miles de personas hasta entonces aletargadas, se volvieron activas [en su lucha contra el fascismo]”.

 

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A pesar de los bombardeos sobre la población civil en Madrid, el sentimiento antifascista no sucumbió en la población

 

En esta negra página de los llamados “bombardeos del terror”, además del caso de Alcañiz, donde aquel triste 3 de marzo de 1938 la Aviación Legionaria italiana por medio de 12 Savoia Marchetti S.M. 79 se ensañaron de forma criminal con la población, tras la rotura del frente de Aragón y el avance franquista en Cataluña, hay que citar igualmente el ataque sufrido por la ciudad de Lérida el 27 de marzo de dicho año, población que en aquel momento estaba abarrotada de refugiados aragoneses. Fue este uno de los bombardeos más violentos de toda la guerra hasta el punto de que, tras la contienda, las autoridades franquistas hicieron desaparecer el libro del Registro Civil donde constaba el elevado número de civiles asesinados (casi 300), tal y como señalaba la historiadora Mercè Batallat: “Si el bombardeo de Guernica lo atribuyeron burdamente a los republicanos, este bombardeo de Lleida optaron [los franquistas] por ignorarlo y hacer desaparecer las víctimas del registro”. Por otra parte, si el objetivo del bombardeo de Lérida era provocar la huída de la población civil y facilitar el avance de las columnas de Yagüe en Cataluña, ciertamente se logró ya que, según Paul Preston, de sus 40.000 habitantes, tan sólo quedaban 2.000 vecinos cuando ésta fue ocupada el día 3 de abril de 1938 por las tropas franquistas.

Otro de los “bombardeos del terror” significativos fueron el que ocurrió al mediodía del 25 de mayo de 1938 sobre el Mercado Central de Alicante, repleto a esa hora de personas haciendo sus compras, que causó más de 300 víctimas y que el Gobierno británico calificó como “un ataque deliberado a una zona civil”. Lo mismo podemos decir del ocurrido el 31 de mayo de dicho año sobre la población catalana de Granollers, cometido también por la Aviación Legionaria italiana y que dejó 209 muertos, la mayoría, mujeres y niños, lo cual motivó la airada protesta de Francia, Inglaterra e incluso del Vaticano.

Para finalizar este relato de horrores, en los meses finales de la guerra, caída ya Barcelona el 26 de enero de 1939, con la República agonizante, la aviación franquista siguió bombardeando y ametrallando sin piedad a la riada de población civil republicana que huía hacia Francia, así como a diversos pueblos de Gerona, en especial en el caso de Figueras, localidad atestada de refugiados y por la que en aquellas fechas pasaban a diario 50.000 personas camino de la frontera francesa, bombardeos tan gratuitos como terroristas, que no tenían ningún objetivo militar y que, una vez más, se cebaron en la población civil indefensa.

Todos estos “bombardeos del terror”, auténticos crímenes de guerra, recibieron el rechazo unánime de la comunidad internacional, excepción hecha, claro está, de las potencias fascistas, de Alemania e Italia, las cuales habían tomado parte activa en ellos. Incluso el Vaticano, por medio del Papa Pío XI, el 24 de marzo de 1938, reprochó al mismo Franco los efectos de los mismos, “en las víctimas inocentes, que la Santa Sede más que nunca deplora”.

En cuanto a sus efectos, además de ciudades devastadas como Barcelona, Madrid, Valencia, Guernica o el mismo Alcañiz, produjeron varios miles de víctimas inocentes y no combatientes: más de 2.500 en Barcelona, una cifra superior a las 2.000 en Madrid y en torno al millar en Valencia, por citar solamente los casos de mayor mortandad. De este modo, los “bombardeos del terror” fascista, bien fueran realizados por la Legión Cóndor hitleriana, por la Aviación Legionaria de Mussolini o por la aviación franquista, tuvieron como único objetivo a la población civil republicana para así desmoralizarla y empujarla a la rendición. Por todo ello, estos crímenes son responsabilidad compartida de todas las fuerzas aéreas del bando rebelde. Si von Richthofen y la Legión Cóndor fueron los iniciadores de los “bombardeos del terror”, esta táctica fue avalada en todo momento tanto como eficaz arma de guerra como por sus negativos efectos psicológicos que causaban entre las fuerzas y la población civil leales a la República, por los principales mandos fascistas italianos que combatían en España. Así, el general Ettore Bastico era partidario de “quebrar la moral del enemigo” a base de bombardeos sobre la población civil inocente; Vincenzo Velardi, máximo responsable de la Aviación Legionaria italiana en España, pedía bombardear “de forma contundente” los núcleos urbanos ubicados en la retaguardia para desmoralizar a los republicanos y, por su parte, el mismo Mussolini señaló de forma elogiosa el “trabajo perfecto” de su aviación a la hora de “aterrorizar a la retaguardia roja y especialmente a los centros urbanos”.

Ante estas afirmaciones, tan crueles y despiadadas, hay que hacer constar que eran compartidas y contaron en todo momento con el aval y aceptación de los principales mandos rebeldes como fue el caso de Mola, Kindelán o el mismo Franco, razón más que suficiente para que todos ellos sean considerados como criminales de guerra con arreglo a la legislación penal internacional.

 

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Barcelona fue la ciudad republicana que más bombardeos sufrió durante la Guerra Civil.

 

En cuanto a la cuestión de los efectos psicológicos de los bombardeos aéreos, experimentados por vez primera en nuestra Guerra de España de 1936-1939, según Martin L. Fracker, hay que considerar que éstos tienen un triple efecto. En primer lugar, afectan a la población civil, a la cual se pretende desmoralizar y volverla contra su Gobierno y, de este modo, pedir la rendición ante el enemigo. No obstante, este intento de “infundir desaliento” estaría condicionado por diversos factores tales como el tipo de enemigo (democrático o totalitario) y las condiciones de una supuesta rendición (limitada o condicional). En el caso de la Guerra de España, como ya comentamos anteriormente, los “bombardeos del terror” fascista y tal y como ocurrió en los casos de Madrid o Barcelona, bien al contrario de lo que pretendían los atacantes, sirvieron para reactivar el espíritu de resistencia antifascista de la población.

En segundo lugar, los bombardeos tienen efectos sobre los gobernantes del país, con objeto de que, al convertir a la población civil en su blanco verdadero, se pretende con ellos que ésta presione a su Gobierno para lograr la paz al precio que sea con el enemigo. Tampoco esta afirmación resulta válida para el caso de España, donde el Gobierno republicano presidido por Juan Negrín, fiel al célebre lema de “Resistir es vencer”, se mantuvo firme en su lucha contra el fascismo hasta el último momento de la contienda, hasta que la República agotó todos los recursos para su defensa.

Y, en tercer lugar, debemos señalar los efectos que los bombardeos causaban sobre los soldados combatientes puesto que el empleo reiterado de esta arma de guerra, puesto que según el psicólogo clínico Zahava Solomon, “los castigos [aéreos] reiterados acaban por someter hasta a los más resistentes”, razón por la cual se pierde la voluntad de combate y, de este modo, la derrota psicológica de los soldados se convierte en el preludio de su derrota militar. En este sentido, pese a que ciertamente el Ejército Popular republicano fue derrotado en los campos de España, su espíritu de lucha, continuada por muchos de sus combatientes a lo largo de toda Europa durante la II Guerra Mundial, se mantuvo firme y nunca se dieron por vencidos en su heroica lucha contra el fascismo, aportando su experiencia de combate en apoyo de las fuerzas aliadas hasta lograr la derrota final del fascismo en 1945.

A modo de conclusión, digamos finalmente que el combate entablado entre las fuerzas leales a la República legítima y la barbarie fascista sublevada contra ella se decantó finalmente a favor de esta última y fue consecuencia del agotamiento republicano en lucha tan desigual y también, no lo olvidemos, por el abandono al que dejaron a la República las democracias europeas, que nada hicieron por frenar el envite de la bestia fascista durante la Guerra de España. Esta actitud pusilánime, sobre todo de Inglaterra y Francia, lejos de apaciguar al fascismo internacional, lo envalentonó para mayores conquistas, propiciando así el estallido de la II Guerra Mundial, y con ello, el inicio de la mayor tragedia y devastación cometida en tiempos modernos. De este modo, los “bombardeos del terror” iniciados en la contienda española, serían el preludio de los que poco más tarde ensangrentarían infinidad de ciudades de toda Europa en la etapa más negra de la historia reciente de la Humanidad.

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