A doscientos años del nacimiento del pensador que estremeció el mundo

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Karl Marx nació en Tréveris en el seno de una familia judía convertida al cristianismo en 1818 y murió en Londres en 1883. En esos sesenta y cinco años, este pensador alemán con aires de profeta sacado de una novela de Herman Melville dejó escritas algunas de las páginas más brillantes y profundas del saber occidental. Si bien fue la Revolución rusa la que proyectó su obra de un modo universal, en modos y a lugares que a Marx no hubiesen dejado de asombrarle y, en paradójica tensión, halagarle y asustarle, sus escritos perduran, a pesar de las veces que se le ha tratado de enterrar, como un hito en la historia de la filosofía, la economía, la sociología o la escritura de la historia.

Si bien solo al final de su vida comenzó a vislumbrarse la importancia que podían alcanzar sus impresionantes hallazgos, cualquier historia y balance de las ciencias sociales, por no hablar de la propia historia política, social y cultural después de 1917, es incomprensible sin atender a esta atronadora voz que marcó un antes y un después en la historia del mundo.

Con el tiempo Marx devino en un espectro destinado a asustar a las clases dominantes y a dar esperanza y herramientas a las clases dominadas. Marx se convirtió en un síntoma del malestar de una sociedad basada en la explotación, es decir, en la contradicción y el antagonismo entre clases sociales. Marx no creó ese antagonismo, bien al contrario, lo capturó, lo expuso, lo explicó tanto en el presente como en el pasado y vaticinó su agudizamiento y posible eliminación en el futuro. Fue su obra la que permitió pensar lo que antes no podía ser pensado, y la cultura dominante nunca le perdonó por ello. Marx señaló lo que no podía ser señalado; destapó problemas que la ideología dominante negaba y reprimía, sin solucionarnos; bien al contrario, esta ideología los reforzaba aunque fingía (y finge) hacer lo contrario. Fueron libros como El 18 de Brumario de Luis Bonaparte o El capital los que ofrecieron conceptos necesarios para comprender una sociedad que debía ser transformada. Y es que Marx representó la posibilidad de la autoconciencia, es decir, la posibilidad de entender qué problema hay allí donde los apologetas del orden social afirmaban no ver ninguno. Marx los encontró y los escribió, logro solo al alcance de un investigador tan tenaz como intuitivo.

 

Marx devino en un espectro destinado a asustar a las clases dominantes y a dar esperanza y herramientas a las clases dominadas. Marx se convirtió en un síntoma del malestar de una sociedad basada en la explotación, es decir, en la contradicción y el antagonismo entre clases sociales.

 

Ese síntoma, ese desacuerdo fundamental dentro de la sociedad, es lo que Marx encarnaba entonces y encarna ahora. Un espectro que acosa a las ideologías dominantes, a los cantos al fin de la historia y a la defensa cándida o cínica del mejor de los mundos posibles, el nuestro, el de la sociedad capitalista. Marx no creó la lucha de clases, la encontró organizando toda la historia del ser humano y, a partir de esta realidad histórica, propuso una salida de la pesadilla que siempre ha sido la historia humana. Por ello Marx es también un deseo. En su momento síntoma o producto de una clase social (el proletariado industrial) en supuesto ascenso, Marx se pudo definir como su narrador más genial y omnicomprensivo. Nadie fue capaz de ofrecer una visión del mundo y de la historia de éste más completa y original. Marx explicó por qué había crisis económicas, por qué había explotación, de dónde venía el capitalismo y hacia qué dirección presumiblemente iba, por qué desconocíamos las huellas sociales que había en un objeto tan simple como un vaso o una botella, por qué, en definitiva, todo parecía ser una jungla caótica y el individuo un ser triste y vacío. Todo eran síntomas de una causa mucho más profunda, y Marx la encontró.

Con Marx de nuestro lado, pues así y no al contrario debe ser, ya que el tiempo histórico es implacable y, de acuerdo con Marx, esta verdad debe ser respetada, el síntoma se hace deseo. El deseo llamado Marx del que hablase un airado antimarxista como Jean-François Lyotard, se enraíza en la historia del capitalismo y de todos los modos de producción anteriores, porque es el deseo de liberarse de una explotación de la que nos debemos hacer conscientes. Marx nos permitió hacer esto último y, de acuerdo con ello, esperar lo primero. Toda situación, por permanente que parezca, es histórica, esto es, está producida por el ser humano y, por ello, cambiará antes o después, aunque no lo hará ni a gusto de unos ni en el tiempo marcado por los otros. Pero cambiará: el ser humano no tiene más naturaleza, no hay más eternidad, en otras palabras, que las relaciones sociales que en cada momento de la historia le hacen ser a uno lo que es y lo que él piensa que es.

Infatigable trabajador, el pensador de Tréveris desnudó las miserias de una modernidad de la que él mismo era hijo predilecto. En su obra, por tanto, hay contradicciones, como en la misma realidad y como en cada sujeto humano que ha deambulado por este mundo. Marx nos descubrió la anatomía de la historia humana a partir del análisis, por ejemplo, de lo que es una “mercancía”. Con Marx la historia se hizo pensamiento y el pensamiento se hizo histórico. Su legado ya no es tanto un proyecto político concreto, no lo podría ser si se es fiel al pensamiento marxiano, ni la configuración de un tipo de organización política definida, pues el momento histórico del capitalismo es distinto al suyo. Su legado es el espectro y el deseo, el espectro que nos conmina a hacernos conscientes de la necesidad y a desear, a partir de esta conciencia, el reino de la libertad. Deseo que no podrá ser conocido a no ser que, al mismo tiempo, lo hagamos realidad.

 

Después de Marx no es posible ver una botella de plástico y no pensar en las condiciones de la producción de esa botella, igual que es imposible acercarse a una catedral y no pensar en quién la construyó, en quién llevó las piedras hasta allí y en cuánta explotación fue necesaria para levantar esa maravilla.

 

Si nos acercamos con el debido respeto a su obra nos adentraremos en una obra escrita con un estilo grave pero irónico, y en un contenido sorprendente y siempre desafiante. A pesar de los voceros de la victoria de 1989, Marx es un clásico vivo porque siempre nos dice algo nuevo, siempre encontramos una nueva pregunta entre sus electrizantes páginas. De Marx pueden decirse muchas cosas, pero no que sea un autor aburrido o anodino. Es el trabajo y el talento de la modernidad cultural europea en su máxima expresión, y contemplarlo luchando consigo mismo y con esa bestia llamada historia del ser humano en general, e historia del capitalismo en particular, es un espectáculo que emociona en cada una de sus páginas.

Más allá del impacto global y amortización intelectual que provocó la Revolución rusa en su obra, haciendo de ella algo para lo que no estaba destinada, la aportación de Marx, más allá de los muchos y variados conceptos que acuñó, se puede resumir en un punto: un enfoque revolucionario. La obra de Marx es, básicamente, una crítica de toda la cultura del modo de producción capitalista y de este modo de producción entendido como un todo, pero una crítica desde una mirada histórica y total. Es este enfoque, que combina la totalidad y la historia, lo que cambió para siempre el devenir de las ciencias sociales. A partir de Marx se puede conectar en una explicación de fenómenos antaño separados, resultando un cuadro del mundo absolutamente apasionante e iluminador. Gracias a Marx podemos unir la emisión de una comedia romántica alemana en la televisión pública, el fenómeno de la deuda y la geopolítica dentro de la Unión Europea. Podemos capturar la relación que existe entre la proliferación de película de zombis y las tendencias antidemocráticas del neoliberalismo. Podemos explicar la relación que existió entre las novelas de aventuras y la expansión imperialista del capitalismo en el siglo XIX. En definitiva, Marx fue, y sigue siendo, una fuente de originalidad permanente. Pocos pensadores representan como él la posibilidad de iluminar lo que estaba oscuro, de ver, sin caer en ninguna falacia del francotirador, la figura de una constelación a partir de puntos aislados por los apologetas del orden social dominante.

¿De dónde vino esta originalidad? En Marx encontramos tres grandes tradiciones, siendo su obra una confluencia que debe calificarse como genial: la economía política británica, que estudió a fondo y de primera mano en las varias décadas que pasó en Inglaterra; la teoría política francesa, incluyendo el utopismo francés de Fourier y Saint-Simon; y la filosofía idealista alemana, que estudió durante sus años de juventud y volvió a revisar años más tarde. Con las tres influencias mantuvo la misma relación que mantenía con todo pensador: una primera etapa de acercamiento en el idioma original (Marx era un políglota consumado y un lector voraz); una segunda etapa de entendimiento, comprensión profunda y aprovechamiento; una tercera etapa de captura de todas las contradicciones de ese pensamiento; y una última fase de crítica demoledora y sistemática que ponía al descubierto todas las insuficiencias, aporías y antinomias que lastraban estructuraba esa forma de pensamiento.

 

Marx, antes y ahora, estará de nuestro lado. Porque compartimos un deseo que esperamos sea un síntoma de nuestra época como también lo fue de la suya, el deseo de liberarnos de la pesadilla de la historia.

 

Ciertamente, Marx fue un crítico feroz y, en ocasiones, un polemista un tanto atrabiliario (su crítica a Proudhon permanece como ejemplo de virulencia y, al mismo tiempo, de genialidad incuestionable) y excesivamente celoso (podía pasarse días enfrascado en la destrucción teórica de un autor menor que no merecía tanto esfuerzo ni derroche de bilis), pero siempre fue un crítico concienzudo y un lector honesto. No recurrió a tretas ni falacias. Marx criticaba los fundamentos, no la espuma, y podía hacerlo porque aprendió de Hegel que la mejor crítica consistía en sacar a relucir las huellas sociales que había en cada obra y de las que el autor de la misma no era consciente. En otras palabras, Marx podía señalar como nadie en su momento lo que una persona, o una ideología, quería decir y no podía, y lo que no quería decir y sin embargo decía a su pesar. Y aquí radica otro de sus grandes aportes, que se derivan de su teoría de la sociedad y que él mismo puso en práctica en sus críticas de la economía política británica, de la teoría política francesa y de la filosofía alemana.

Efectivamente, de acuerdo con Marx toda obra cultural expresa o gestiona de algún modo las relaciones sociales de su tiempo. Dicho de otro modo, todo lo que se pinta, escribe y filma es, de un modo indirecto y sutil, el producto de una ideología, cuya crítica y estudio Marx inició y el marxismo posterior ha continuado refinando: nunca debemos tomar como verdadero lo que una época, una persona o una ideología política dicen de sí mismas, sino aquello que realmente hacen, ya que la ideología consiste precisamente en engañar, y al sujeto que la emite en primer lugar, sobre lo que realmente se es o se hace, sobre sus posibilidades de actuación y, finalmente, sobre el modo en que todo el mundo le ve a uno mismo. Pero Marx hizo una advertencia muy seria que muchos llamados marxistas no han tenido en cuenta: una ideología no es propaganda, es mucho más sutil, contradictoria y fuerte que ésta (es tan fuerte como es contradictoria). Al igual que Nietzsche y Freud, pero de un modo más sistémico y profundo al mismo tiempo, Marx nos ha permitido leer la cultura, el arte y toda producción simbólica de un modo novedoso y sintomático, es decir, nos ha permitido sospechar de todo lo que sucede, y no porque fuese un amigo de la paranoia, sino porque la verdad de lo que realmente ocurre guarda una relación contradictoria con lo que se presenta como naturalmente verdadero o neutro. Todo es tanto histórico como político, podría haber dicho Marx, y nada se hace de un modo inocente. Si se pretende así, o bien estamos ante un acto de cinismo, o bien ante un acto de estupidez, pero en cualquiera de los dos casos, el significado de ese acto no es ni una cosa ni la otra. Del mismo modo que un síntoma no puede confundirse con la causa de la enfermedad, Marx decidió proceder de un modo similar con las obras de la cultura. Del mismo modo que después de Marx no es posible ver una botella de plástico y no pensar en las condiciones de la producción de esa botella y en quiénes la habrán fabricado y transportado, es imposible acercarse a una catedral y no pensar en quién la construyó, en quién llevó las piedras hasta allí y en cuánta explotación fue necesaria para levantar esa maravilla que tenemos delante. Después de Marx es imposible leer un cuento tradicional o ver una película sin pensar más allá de lo que nos dicen. Solo por ello, el pensador de Tréveris merecería un puesto de honor en los anaqueles del saber. Pero él fue todavía más que eso.

Y esto es así porque todas las grandes obras de Marx tienen la misma estructura de sospecha, búsqueda de un síntoma y crítica sistemática. Ello no hubiese sido posible sin haber conocido en profundidad la filosofía alemana de la primera mitad del siglo XIX. De Hegel aprendió que la lógica dialéctica era la misma realidad y que, por ello mismo, debía ser esta lógica el método de investigación de esa realidad. La lógica de Hegel nos presenta una realidad imantada, como un campo de fuerza en el que todo tiene lugar y función, pero en el que, por la contradicción misma que organiza ese campo, puede pasar cualquier cosa. Por ello, su lógica asomó a Marx a la historicidad y a lo inesperado, le entregaba, por decirlo de algún modo, una forma de entender el tiempo que permitía entender la realidad contradictoria de cualquier modo de producción capitalista. Y eso es lo que necesitaba Marx, una lógica que desafiaba cualquier definición vulgar de realidad, cualquier interpretación kantiana o cartesiana del mundo: el sujeto no estaba separado de una realidad objetiva estática, el sujeto se hallaba inmerso en esa realidad y la transformaba con su trabajo y, en respuesta, era transformado por ésta. Esta revolución filosófica no hubiese podido producirse sin Hegel, pero fue enteramente obra de Marx. Con Marx, la filosofía terminó por revelar su miseria: toda producción cultural, por nimia o abstracta que sea, es el producto del trabajo de hombres de carne y hueso que viven en relaciones sociales que los configuran como lo que son. Por ello, sus propias obras culturales expresan esas relaciones, bien como crítica, bien como apología.

Si Hegel es un desafío contra lo que se conoce como sentido común, Marx fue, y sigue siendo, un desafío permanente. Marx se encargó de llevar a las ciencias sociales la torsión del pensamiento que Hegel propuso en la filosofía. Lo pulió, corrigió y lo puso del revés, ya que Hegel era, desde el punto de vista filosófico, idealista. El libro Miseria de la filosofía (1847) o el análisis de lo que Marx llamó “fetichismo de la mercancía”, al que dedica los primeros capítulos de El Capital (1867), es un ejemplo perfecto de lo que Marx aprendió del método de Hegel y sigue siendo la mayor y más hermosa destrucción que se haya realizado de las verdades “eternas” de la economía política liberal. En un tiempo como el nuestro, que parece querer decirnos que todo ha sido “siempre así”; que pretende convertir en natural lo que no es sino una producción histórica de un momento dado; que quiere decirnos que esto, el modo de producción capitalista, es todo lo que siempre ha habido y siempre habrá, Marx puede interpelarnos de un modo sorprendente y revolucionario. Solo hay que estar dispuesto o dispuesta a aceptar ese desafío. Y tal cosa sucederá siempre que exista una fuerza social o unas condiciones sociales que nos permitan hacerlo. Pescadilla que se muerde la cola o realidad contradictoria. Elíjase lo que se quiera, la paradoja está servida.

Político revolucionario frustrado, siempre fiel al recuerdo de las barricadas de 1848, economista genial, filósofo extraordinario, historiador original y profeta a su pesar, Marx, de nuevo, sonríe con su aire de patriarca bíblico, sabedor tanto de lo acertado de su postura como de lo insuficiente de su vida. Queremos imaginar que un aire de astucia benevolente sube al recuerdo de su rostro. Su mirada parece engancharse al otro lado del muro, allí donde se verifican las verdades que solo podemos conocer al mismo tiempo que las hacemos o cambiamos. Porque ésta fue la conclusión a la que llegó en su crítica de la filosofía de Ludwig Feuerbach. La verdad no está ahí fuera, esperando y yaciendo, estática, sino que está en lo que se desvela al final de la historia después de hacer una y otra. La verdad de la realidad no se encuentra, se construye en la práctica y la lucha. Marx afirmó en su undécima tesis sobre Feuerbach que lo importante ahora no era interpretar el mundo, sino transformarlo. Dicho de otro modo, la única interpretación verdadera del mundo será la de su completa transformación, es decir, solo podremos interpretar verdaderamente el mundo cuando haya sido debidamente transformado en un mundo donde la falsedad no pueda tener cabida. En ese punto Marx pareció reconciliarse con Hegel: el vuelo de la lechuza se levanta durante el ocaso del día. Hasta entonces, poco podemos saber con certeza. Pero lo que sí sabemos es que Marx, antes y ahora, estará de nuestro lado. Porque compartimos un deseo que esperamos sea un síntoma de nuestra época como también lo fue de la suya, el deseo de liberarnos de la pesadilla de la historia. Y con eso nos basta para recordarlo hoy y será suficiente para recordarlo mañana.

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