Hace 100 años. La Gran Guerra: la primera guerra total

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El 11 de noviembre de 1918, la firma del armisticio de Compiègne entre los Aliados y Alemania puso fin, tras más de cuatro años de hostilidades, a la Primera Guerra Mundial. Cien años nos separan de la que hasta entonces había sido la mayor catástrofe bélica en la historia de la humanidad. Sin embargo, los 10 millones de muertos que dejó iban a ser pronto ampliamente superados por los 40 millones de la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945.

No es este el único aspecto en que la Segunda Guerra Mundial eclipsa a su antecesora. La popularidad, en un sentido u otro, de personajes como Hindenburg, Clemenceau, el káiser Guillermo II, David Lloyd George, Woodrow Wilson o el zar Nicolás II, queda a años luz de la de figuras como Hitler, Stalin, Mussolini, Rommel, Zhukov o Winston Churchill. Y si bien en número de bajas en ocasiones las superan, batallas como el Marne, el Somme, Verdún, Caporetto o Galípoli, no han quedado grabadas en nuestro imaginario de forma análoga a las de Stalingrado, Kursk, Normandía, Pearl Harbor, El Alamein o Berlín.

Sin embargo, como acontecimiento histórico, la Primera Guerra Mundial es en muchísimos aspectos tan importante o más que la Segunda. Conocida en su día como la “Gran Guerra”, a lo largo de ella se produjeron toda una serie de novedades que iban a marcar el siglo XX “corto” (1914-1989), calificado por el célebre historiador británico Eric Hobsbawm como “la era de las catástrofes”.

Entre las innovaciones, encontramos algunas que, si bien su aplicación inicial fue bélica, a la larga contribuyeron a mejorar aspectos cotidianos de la sociedad. En este apartado son significativos los grandes avances que experimentaron la aviación, la radio o la atención sanitaria.

Sin embargo, la realidad es que las novedades más importantes iban a estar, obviamente, ligadas de forma indisoluble al mundo de la guerra y de la violencia. En este sentido, a las armas ya antes conocidas experimentaron grandes modificaciones, fabricándose ametralladoras pesadas y rifles automáticos mucho más mortíferos que los anteriores. Además, apareció el tanque o carro de combate, si bien su uso todavía iba limitarse al de unidad de apoyo. Para abreviar, podría decirse que la industria de la muerte experimentaría el mayor desarrollo de la historia, dentro del que habría invenciones tan terribles como el lanzallamas o los gases venenosos.

En cualquier caso, la mayor herencia que dejó la Gran Guerra fue mucho más dolorosa y destructiva que todos los ingenios bélicos que puedan imaginarse. En este caso, se trató de algo relacionado no con la forma de matar, sino más bien con la forma de hacer la guerra, algo que iba a cambiar repentinamente y para siempre.

Si hiciéramos un breve recorrido por la historia de la estrategia bélica, el cual debería comenzar con las primeras referencias en Egipto y Mesopotamia, nos detendríamos en el siglo VI antes de la era ante el imprescindible tratado El arte de la guerra del militar y filósofo chino Sun Tzu, que plasmó en su obra todo lo que era necesario saber en su época para enfrentarse a cualquier enemigo, tanto si este era superior como si era inferior. Poco después posaríamos nuestra mirada en los célebres generales atenienses Milcíades y Temístocles, héroes en las victorias de Maratón y Salamina, ambas con gran inferioridad de hombres y recursos ante el poderoso Imperio Persa. Cuatro siglos después merecería la pena sumergirse en los inconclusos escritos sobre la conquista de las Galias del propio Cayo Julio César, quien sometió en un tiempo récord a millones de feroces celtas empleando todo tipo de artimañas. Ya en plena Edad Media, sin duda habría que dedicar especial atención al artífice de la creación, por vía de la conquista, del más extenso imperio que ha conocido la historia: el guerrero mongol Genghis Khan. Y así llegaríamos hasta un siglo después de la derrota de Napoleón, otro de los más grandes estrategas de la historia, hallando siempre un denominador común: el objetivo de la estrategia bélica consiste en lograr la rendición del enemigo mediante el sometimiento de sus ejércitos, lo cual pasa siempre por la merma de sus efectivos movilizados y la apropiación o inutilización de su material de guerra.

Se trata de una idea tan simple como lógica, y que además siempre había funcionado. Sin embargo, antes de la Primera Guerra Mundial la humanidad había experimentado tantísimos cambios que este planteamiento iba a ser a todas luces insuficiente. Huelga decir que aquellas personas que vivieron el conflicto, ni siquiera lo sospechaban al comienzo del mismo. Sumidos en el desconocimiento de lo que podría ser una guerra “estilo siglo XX”, las patrióticas sociedades francesa, alemana o británica festejaron, en un ambiente de gran exaltación nacional, la entrada de los países en la guerra. Largas filas de voluntarios se agolpaban en las puertas de las oficinas de alistamiento, y los felices soldados se despedían, aquel verano de 1914, de sus novias y familias “hasta la Navidad”, cuando con total seguridad la guerra ya habría terminado. Las voces discordantes con esta sintonía eran sistemáticamente acalladas, como la del líder socialista francés Jean Jaurés, asesinado en París en medio de su estéril campaña pacifista.

Pocos meses después, la Gran Guerra ya había revelado, cruelmente, toda su extraordinaria originalidad. Matar a cientos de miles de soldados enemigos, por primera vez en la historia, no daba la victoria. El desarrollo de las administraciones estatales, así como de las infraestructuras de transporte por tierra y mar, permitían que rápidamente se desplazaran al frente nuevas tropas de refresco. La destrucción, captura y desgaste de armas y municiones enemigas tampoco servía ya, pues las potentes industrias nacionales de los países contendientes, cada vez más copadas por mujeres, producían y enviaban al frente toneladas y toneladas de armamento cada semana.

Pronto los estados mayores de todas las potencias beligerantes comprendieron que el enemigo estaba no solo en el frente, sino también en la retaguardia. De este modo, los ataques militares se dirigieron también contra objetivos civiles, de una forma mucho más intensa que nunca: fábricas, vías de comunicación, puertos y hasta las propias ciudades pasaban a ser con toda entidad objeto de los ataques de cañones de artillería y de zepelines y aviones bombarderos. Las agresiones contra la población civil fueron aumentando conforme la guerra se recrudecía, llegándose a producir episodios de genocidio, entre los cuales destaca sin ninguna duda el sufrido por la población armenia a manos del ejército turco.

En definitiva, había nacido la “guerra total”, un tipo de guerra en que la estrategia no tenía como objetivo derrotar a un ejército, sino a una sociedad entera. En la guerra total, la retaguardia es parte activa del conflicto también, por lo que los devastadores efectos de la guerra ya no quedan circunscritos al frente y sus inmediaciones.

Además, sería por primera vez una guerra total en lo que se refiere a los espacios físicos de la misma, pues a los tradicionales escenarios de batalla de tierra y mar, se añade ahora el del aire, que pronto se convertiría en fundamental, sobre todo por las posibilidades que ofrece para hostigar las zonas civiles más alejadas del frente.

En definitiva, todas las guerras que sobrevinieron a la Primera Guerra Mundial, han sido y seguirán siendo guerras totales, desde la Guerra Civil Española a los conflictos actuales, pasando por supuesto por la Segunda Guerra Mundial. La guerra ya no fue más, como en otras épocas, un hecho recurrente, del cual todos los países participaban cada pocos años, pero sin que la mayoría de sus ciudadanos se vieran afectados. Desde 1914, la guerra se convirtió en una experiencia que transforma radicalmente las vidas de la gran mayoría de las poblaciones de los países que las sufren.

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