1848: La primavera de los pueblos -hace 158 años-

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Revolución 1848 Primavera de los pueblos

FRANCISCO COMA | Profesor de Geografía e Historia

El 23 de febrero de 1848 se inició en París un levantamiento revolucionario que en las semanas siguientes iba a hacer temblar a Europa como nunca antes lo había hecho.

Sus repercusiones directas e inmediatas fueron mayores incluso que las de las otras dos grandes revoluciones iniciadas en la capital francesa: 1789 y 1830. La prueba es que, a diferencia de lo que había ocurrido tras las dos citadas fechas, tras 1848 el absolutismo y el Antiguo Régimen iban a quedar, después de tantos siglos de vigencia, erradicados de la mayor parte del viejo continente.

Pero además esta revolución presentaba ingredientes nuevos respecto a los ciclos anteriores. En ese sentido, es considerada al mismo tiempo la última revolución burguesa y la primera revolución del “cuarto estado”, es decir, de la clase trabajadora. No fue la novedad el hecho de que el peso del conflicto recayera sobre los sectores más empobrecidos de las ciudades; esto también había ocurrido anteriormente. Lo insólito era que, por primera vez, las clases populares tenían ahora sus propios representantes y programas políticos, distintos y enfrentados a los de una burguesía que hasta entonces había monopolizado los liderazgos de cualquier alternativa viable frente al Antiguo Régimen.

La llama revolucionaria prendió rápidamente y, desde París, se extendió por los territorios alemanes, italianos, austriacos, etc., llegando sus ecos a prácticamente cualquier capital europea. Sus consecuencias inmediatas fueron algo equívocas, pues tras la efímera formación de una serie de Gobiernos provisionales –en el de Francia hubo incluso dos socialistas, uno de los cuales era el conocido como “el obrero Albert”- la represión y un giro conservador y autoritario parecieron poner fin al episodio. Sin embargo, nada volvió a ser igual que antes de 1848 en ninguno de los territorios afectados, donde una serie de reformas políticas terminaron por someter el poder de los viejos monarcas absolutos, en mayor o menor medida, a la ratificación de parlamentos electivos.

En cualquier caso, esta resolución liberal-burguesa del conflicto no lo tendría fácil para consolidarse de forma permanente en el nuevo contexto europeo. Algo había cambiado en la conciencia de los trabajadores europeos. No es casualidad que el 21 de febrero de 1848, dos días antes del estallido en París, hubiera visto la luz en Londres un breve discurso titulado El Manifiesto del Partido Comunista, de Karl Marx y Friedrich Engels, donde se denunciaba la opresión de los trabajadores por parte de la burguesía y se pedía la unidad de la clase obrera para protagonizar una revolución que liquidara el capitalismo. Los obreros fueron entrando poco a poco en la política, con sus propios partidos, y los gobernantes liberales solo pudieron mantener su dominio gracias a una permanente combinación de los recursos a la represión y a las reformas políticas y sociales, creando ese “consenso acorazado de coerción” del que décadas después hablaría Antonio Gramsci.

Solo Rusia, relativamente al margen de los acontecimientos, se mantuvo tras febrero de 1848 anclada al absolutismo y al Antiguo Régimen –la servidumbre siguió vigente todavía hasta 1861-, haciendo oídos sordos a las voces que, desde abajo, pedían cambios. Curiosamente fue allí donde, a principios de la siguiente centuria, la revolución planteada por Marx triunfó y se consolidó el primer Estado obrero de la Historia. Es por ello que, tal vez, febrero de 1848 no debe ser visto como una derrota obrera, aunque la mayoría de los coetáneos lo vivieran así. Más bien, este episodio ha de considerarse como un hito histórico fundamental, pues marca, ya de forma definitiva, la entrada de la clase trabajadora en política, como sujeto autónomo, con conciencia de clase y, con el tiempo, con un programa político propio y diferenciado del de la burguesía, a la cual estaba llamada a enfrentarse. Ω

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