La importancia de no olvidar

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Manuel Martín Delcan | Presidente ABATTAR

Hace un tiempo hablé con una amiga que estaba pasando por malos momentos, su pareja es consumidor de estupefacientes, y todo aquel que haya tenido relación con las adicciones, ya sea como adicto, o coadicto, sabe lo terrible que puede ser la convivencia en estos casos.

Pero todo se agrava cuando hay hijos por medio, hijos que nunca pidieron venir a este mundo, y de pronto se ven partícipes de una realidad que ni los adultos son capaces de llevar. Sobre este tema mi punto de vista, es bastante crítico, ya que a todo aquel que me pregunte, no puedo otra cosa que desaconsejar dejar a pequeños a cargo de personas con problemas de adicción, y sobre todo aquellos que en ningún caso, quieren dar el paso para salir de esa situación.

¿Por qué ser tan radical?

Este hecho, y mi extrema postura, no son gratuitos. Mi experiencia en el mundo de las adicciones ha provocado que, una vez fuera de ellas, me vea fuertemente influenciado a la hora de ver algunas situaciones. Todo esto me hizo recordar algo, que aún al rememorarlo, me repugna y asusta. Hace años, cuando mi hija aún no tenía un año de edad, mi mujer y una amiga salieron a cenar fuera. Aquellas que tenéis hijos sabéis lo duro que es los meses posteriores al parto. La dependencia del peque, o la peque, es total, las tomas muy frecuentes, y si además hacen presencia los famosos “cólicos del lactante”, las horas de sueño se reducen al mínimo. Por todo ello, como decía, cuando la situación con mi hija se fue normalizando, animé a mi mujer que saliese, que se relajara un poco, y sin dejar de ser madre, que disfrutara un poco no teniendo que estar pendiente de nuestra hija. Todo esto que la dije fue cierto, todas y cada una de las palabras que usé las pensaba como ciertas, y así sigo creyéndolo, pero había algo más. Cuando uno es adicto, siempre hay algo más. El marido de la amiga de mi mujer se vino con su hijo a casa, el niño era de edad similar. Nos quedamos los dos solos con los críos, apenas pasaron unos minutos, la cocaína hizo acto de presencia. Sobre la mesa una tarjeta, un billete y un “pollo”. Aún recuerdo la escena como si fuera ayer, hay ocasiones en las que este tipo de situaciones no se borran de tu cabeza jamás. Algo dentro de mí me decía que lo que hacía no era correcto, pero no fue suficiente. Lo preparé lo más rápido posible, tenía que apartar esos pensamientos cuanto antes. De nuevo, el adicto había triunfado sobre el sentido común. En cuanto entró la primera raya todo el raciocinio comenzó a disiparse, sin dar espacio al padre. Allí estaban nuestros hijos, sobre el sofá, totalmente indefensos. Ahora soy consciente de que todas, y cada una de las veces que he consumido en los espacios que compartía con mis hijos, han sido una gran temeridad, temeridad que les podría haber costado la vida. Cuando pierdes el control, que es algo que puede ocurrir con muchísima frecuencia, puedes dejarte parte de aquello que consumas en cualquier sitio, pudiendo provocar que los niños tengan contacto con ello; una mesa, un billete, el bolsillo de un pantalón o cazadora, el coche. Recordar situaciones, y lugares, de los que os he hablado, es terrible. Son muchas las ocasiones en las que me emociono al escribir, pero esta me está resultando especialmente complicada. Ser consciente de que yo ponía en riesgo la vida de mis hijos hace que el sentimiento de vergüenza y repulsión sea enorme. Y aquí no existen medias verdades, o posibles justificaciones, así fue, y las consecuencias pudieron ser catastróficas, lo peor que me pudiese ocurrir, provocar situaciones de riesgo en la vida de mis hijos. Por eso no puedo ser transigente en lo que se refiere a la relación de adictos con los niños. Alguien que consume, y no está dispuesto a pedir ayuda y poner punto y final a su problema, no me inspira confianza a la hora de estar con los peques. Quiero pedir perdón a mis hijos, a todos aquellos que puse en peligro al compartir mi adicción en sus casas o coches. Pero el lugar desde el que escribo me permite respirar, verlo todo con una perspectiva diferente, y saber que aquel que hizo aquello, y quien escribe esto, son personas que nada tienen que ver. Evitar llorar, separarme del ordenador y tomar aliento es inevitable. Pero tras ello, me sereno, tomo conciencia de quien soy ahora, de la relación que tengo con ellos, con las 2 personitas que más quiero en este mundo, y me siento orgulloso del cambio que he provocado en mí, y al hacerlo, en ellos también. Espero que si alguna persona que consume lee esto, le quede claro lo que puede llegar a provocar. No estamos solos, a pesar de sentirnos así cuando consumimos. Todos nuestros actos tienen repercusión de una forma u otra, y algunas veces puede no haber marcha atrás. Hacer algo que puede acabar con la vida de lo que más quieres en el mundo debería ser motivo suficiente para pensar “qué coño estamos haciendo con nuestras vidas”. Aunque como persona que estuvo ahí, en el agujero, sé que incluso verdades así, no son suficientes. En cualquier caso, ten los huevos de mirarles a los ojos y decirles que les quieres. Ahora te pregunto, ¿jamás les has puesto en peligro?, tal vez, no sólo no te quieras a ti, puede que a ellos tampoco tanto como crees. Date una oportunidad, dásela a ellos, provoca el cambio. ¡Un abrazo! Ω

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