Sindicalismo de clase obrera

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De izquierda a derecha, Antonio Garamendi (Cepyme), Juan Rosell (CEOE), Ignacio Fernández Toxo (CCOO) y Cándido Méndez (UGT). - JOSÉ LUIS ROCA

Antonio Jiménez Díez | Delegado sindical en Casting Ros y Secretario de Acción sindical en U.C. CC.OO. Andorra

El nacimiento de los sindicatos vino dado por la necesidad de solidaridad obrera, de apoyo mutuo para conseguir que se respeten los derechos de tod@s.  A finales de los 70, y principios de los 80, se trataba de defender la clase obrera. 

Porque cuando se conquista un derecho para un colectivo, acaba extendiéndose, pero cuando se pierde, aunque sea  en un sólo colectivo, terminamos perdiéndolo todos.

En los últimos años la sociedad ha sufrido una metamorfosis, alentada por políticas del miedo y conducida por los medios del capital. Para que los que más tienen tengan más, es necesaria la división de la clase obrera.  Se dejó de invertir en educación y se inventaron la “clase media” porque ser obrero, o clase trabajadora, debía estar mal visto.  Así pues, creyéndonos no se qué, alejados del pensamiento crítico (porque leer es cosa de pobres, los reality show de la televisión es más de “clase media”) nos trajeron esta crisis.  Y nos dijeron que todos teníamos que arrimar el hombro para que los que más tienen pudieran esconder su dinero, que teníamos que pagar más impuestos para que ellos pudieran subirse el sueldo, es por eso que teníamos que hacer “esfuerzos”, comprendiendo que no todos nos podemos permitir la sanidad como la conocíamos hasta ahora.

Sin embargo,  arrimar el hombro para que nos respeten las vacaciones, o para que a los chavales que entran a trabajar les paguen un salario digno, no está bien visto, porque es de obreros. Y manda el miedo. ¿Dónde ha quedado la solidaridad? Tiene que ser algo más que poner dinero en un sobre cuando hay un terremoto.  Tiene que pasar por defender la dignidad sin miedo, la de los demás, que también es la nuestra.

Así pues, en estos últimos años hemos conseguido tener unos poderes públicos que nos expolian sin ningún pudor, unos servicios públicos carentes de medios para poder ofrecer los propios servicios en muchas ocasiones, y una sociedad cada vez más alejada, unos de otros.  Lo terrible de esto es que lo hemos asumido como algo normal.  Hemos decidido que sean otros los que decidan por nosotros, y pase lo que pase, no alzar la voz, salvo en el bar.

No es muy diferente la suerte que han corrido los sindicatos durante este tiempo.  A pesar de ser organizaciones asamblearias y horizontales, los trabajadores hemos dejado de participar en ellas, de manera que los que se encuentran en las cúpulas no perciben los problemas que tenemos día a día en los centros de trabajo, porque el discurso más repetido es que “con lo mal que están las cosas, es lo que hay… es mejor no quejarse… por lo menos tenemos trabajo…”.  Esto se refleja inevitablemente en la negociación colectiva, y en el discurso sindical.

Nada que ver con esto, sin embargo, es la acción sindical que se da en los centros de trabajo.  La gran mayoría de empresas de este país cuentan con representantes sindicales, verdaderos héroes, que no temen representar la lucha de la clase obrera, y que constituyen auténticas garantías de defensa de los derechos de l@s trabajador@s.   En los locales sindicales el trabajo en el día a día no cesa: consultas, propuestas, contratos, nóminas, negociaciones, demandas…  Algo no funciona.

La distancia entre la acción sindical de proximidad y las cúpulas sindicales tiene que desaparecer.  Tenemos que ser capaces de hacer llegar a lo más alto las dificultades y necesidades con que se encuentran los obreros en los tajos. Perder el miedo,  ampliar la conciencia de clase obrera de manera que no temamos participar y hacernos oír.  Porque nada cambiará si no les contamos que no llegamos a fin de mes, que nuestros hijos tienen dificultades para estudiar porque no alcanzamos a pagar las tasas y los gastos que conlleva tenerlos fuera, que necesitamos compartir una parte de nuestro día con nuestras familias y amigos.  En definitiva, que además de trabajo, queremos tener vida.

Para que esto ocurra es imprescindible que nosotros mismos creamos en ello, que no nos avergoncemos de decirlo en voz alta, que tengamos claro que unid@s somos más fuertes que los que más tienen. Que el movimiento obrero se extienda en los centros de trabajo, que l@s delegad@s sindicales se sientan apoyados por sus compañer@s, y que los de arriba nos escuchen.  No tener miedo de defender nuestros derechos, ni los de l@s trabajador@s de la empresa de al lado, a los que la ley les niega la posibilidad de tener un representante por el número de trabajador@s, porque lo que se consigue para unos, se acaba extendiendo al resto.

Lo contrario es tirarnos piedras a nuestro propio tejado, es lo que han querido hacernos creer:  hay que hacer horas sin cobrar para poder levantar la empresa (y nuestros hijos no encuentran empleo), hay que ajustarse el salario, es el momento de arrimar el hombro (pero si enfermas te despiden, y con el salario ajustado, también queda justo el desempleo).

Volvamos a unirnos, volvamos a crear el movimiento sindical desde abajo, para que los que hablan en nuestro nombre “arriba” defiendan nuestros intereses reales, salgamos a las calles para demostrar que no nos avergüenza pertenecer a la clase obrera. Ω

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