Fiestas de invierno

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En esta tierra encantadora y singular, aspectos que nosotros mismos somos los últimos en reconocerlo muchas veces, tenemos la inmensa suerte de poder disfrutar en la mayoría de los pueblos de fiestas de invierno. No serán como las de antaño. Tal vez hayan perdido la parte más bucólica de las mismas, pero siguen teniendo un encanto que las convierten en únicas.

En pleno siglo XXI vemos a muchas personas haciéndose selfis en ellas, algo que antaño no se contemplaba en ningún imaginario, pero que, en definitiva, lo que reflejan esas instantáneas tomadas a golpe de teléfono móvil es que las hogueras provocan algo muy poco usual en estos tiempos tecnológicos: la cercanía y el cariño que se reflejan al calor de la esperada llama.

Allí no se va a sufrir, sino a disfrutar del ambiente, de la compañía y de las tradiciones que han influenciado nuestra manera de ser y de comportarnos. No queremos una hoguera sin fuego y sin gente porque sería tan estúpido como una Academia General Militar de tinte antimilitarista. Esto es la última ocurrencia e incongruencia de estos nuevos políticos que han hecho de la demagogia fácil, del sectarismo y de la división entre los buenos (ellos) y los malos (el resto) sus principios básicos de actuación.

Muy a mi pesar, vivimos en una sociedad en la que el respeto brilla generalmente por su ausencia, donde utilizamos las redes sociales con el afán de ofender a nuestros semejantes de forma tan vil como aprovechando el terrible fallecimiento de una persona. Dejamos atrás aquella esencia que tienen nuestras hogueras invernales. El mismo sitio en el que todos, independientemente del color político, empleo o espectro social, nos ponemos de acuerdo y nos apoyamos para materializar esa llama, para no faltar a la cita y para hacer de ese hecho un lugar de encuentro, reunión y celebración por la mera circunstancia de encontrarnos allí.

De los errores se aprende y esa es mi esperanza. Aunque nos cueste, a veces demasiado, me niego a pensar que el futuro nos deparará un mundo sin sentimientos ni afecto, o con la falta de humanidad que últimamente vemos a menudo (con las redes sociales como vehículo transmisor) como norma principal de comportamiento.

Que estas pocas líneas de un humilde turolense, vecino de pueblo para más señas, que todavía cree en la bondad y en la comprensión, en el afecto y en la unión, y sobre todo en la concordia y en la buena educación, sirvan para algo.

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