Joaquín Galindo

Del campo a la ciudad a partir de los 30

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En la actualidad hay una frase que explica muy bien la emigración laboral  de gente joven del medio rural a la ciudad, “los treinta son los nuevos veinte”.

Muchos de los jóvenes bajoaragoneses ya realizamos un primer acto migratorio cuando fuimos a estudiar a la universidad, algo voluntario y en muchos casos con gran ilusión por un mundo nuevo a descubrir. Ahora volvemos a emigrar a las ciudades, en este caso y en general, para buscar un futuro laboral. Quien lo mira desde fuera muchas veces cree que es por  un futuro más exitoso, pero tampoco es siempre así, ahora se multiplica la búsqueda de un futuro laboral simple y llano. Esto último implica muchos más factores, la sensación de que emigrar es la única salida, la idea de vuelta a empezar con los 30 ya cumplidos, o un repentino amor subido por el medio rural y tu tierra.  Todo ello sólo tiene un nombre, obligación. Desde luego nuestra obligación no es comparable con la de generaciones anteriores que emigraban del campo a la ciudad buscando, simplemente, no morir de hambre, pero eso no la hace menos dolorosa.

Estamos cansados de oír que el campo se está despoblando, que los jóvenes no quieren quedarse. Los que nos hemos criado en el medio rural sabemos que el nivel de vida es mejor, y que aunque los sueldos son más bajos es mucho más barato vivir, y no sólo subsistir, sino disfrutar, poder salir a cenar, tomar algo con los amigos, hacer actividades, etc. Es cierto que con veinte años las ciudades tienen muchos atractivos pero las necesidades y expectativas cambian cuando uno se hace mayor. La ciudad tampoco es la panacea. Es cierto que hay más servicios, oferta cultural y nocturna, pero cuando entras en el mundo de la búsqueda de empleo ves mucha picaresca empresarial, muchos becarios obligados a tener experiencia laboral y sin cobrar, sueldos irrisorios para personas con varios idiomas o simplemente contratos por menos horas de las que luego se hacen. Claro que hay más oferta, pero también más competencia. La última reforma laboral tampoco ha ayudado mucho, ni a jóvenes ni a mayores. La crisis ha convertido en normal la bajada de sueldos, las peores condiciones laborales, o los contratos temporales encadenados, y lo peor es que todos hemos asumido ese pulso, y sin lucharlo, hemos tragado con todo. No hace falta ser muy inteligente para saber que al mileurista que le bajan el sueldo en una ciudad se le complica mucho más la vida que en el campo: alquileres altísimos (y más en ciudades turísticas), transporte urbano, incluso los precios en los supermercados son más altos. Todo ello, siempre y cuando, se encuentre trabajo, que no es algo tan fácil como parece.

A pesar de que el tema laboral centra el debate hay otros factores que sangran incluso más que el económico cuando se emigra a una ciudad. Las relaciones personales, familiares, amorosas o amistosas se enfrían, y aunque las nuevas tecnologías nos mantienen a todos conectados, en el fondo, todos sabemos que no es una conexión real. Somos españoles, nada nos une más que tomarnos unas cañas con los amigos en el bar un rato cualquiera. Con la llegada de los 30 y la segunda emigración, la lucha interna entre la necesidad de emigrar y la sensación de ser “un marciano” por volver a empezar, cuando a tu alrededor los demás montan sus vidas según la norma social, aparece hasta en las mentes menos convencionales.

Al final sólo nos queda aprender de nuestra historia. La historia de hijos de un medio rural, que ya ha visto a sus jóvenes partir cientos de veces, encarando el camino con una sonrisa, la mente abierta, un sentimiento de orgullo por tu tierra, y en el fondo, esa seguridad que da saber que siempre puedes volver. Ω

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