Joaquín Galindo

Los jóvenes bajoaragoneses cada vez menos practicantes, pero más procesionarios. ¿Por qué?

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Una gran mayoría de las expresiones de la Semana Santa del Bajo Aragón Histórico se está viendo respaldada por una amplísima base de gente joven que no es religiosamente practicante o creyente, pero que se vuelca en la organización y participación de esta fiesta que está en auge.

En estos días de Semana Santa —de vacaciones y procesiones—, los pueblos de nuestras comarcas están llenos hasta la bandera. Surge un debate muchas veces politizado (generalmente por los políticos, que de algo tienen que hablar). En un país donde la amplia mayoría de los jóvenes —de aquellos criados en el catolicismo— nos declaramos no creyentes, surge una pregunta: ¿por qué tantos y tantos de nosotros salimos a procesiones, tocamos el tambor o simplemente, como dicen algunos, no protestamos por tener unas vacaciones religiosas?

La Semana Santa del Bajo Aragón Histórico no sale en todos los telediarios como las andaluzas o la vallisoletana, pero a pesar de todo tiene un encanto especial: por su variedad de actos, por lo que se implican sus pueblos, por la exaltación de tambores y la solemnidad de sus procesiones. La Semana Santa en el Bajo Aragón es como sus habitantes, unas veces intensa y ruidosa y otras solemne, pero siempre respetuosa y, por ello, cada vez atrae a más gente.

Volviendo a los jóvenes bajoaragoneses no creyentes, o mejor dicho, no practicantes (ya que, en el fondo, nadie sabe lo que los demás profesan en su interior), cuando uno va a la iglesia un domingo no hay mucha gente y, desde luego, la presencia de jóvenes es casi una excepción. Sin embargo, si salimos los días de procesión a las calles, éstas están llenas de jóvenes bajoaragoneses, niños, familias enteras. ¿Por qué?

Quien cuestiona estas prácticas es porque no las entiende, así que vamos a explicarlo.

Como decíamos, los jóvenes, en general, no somos practicantes, pero muchos salimos a procesiones en Semana Santa y no sólo eso, sino que los que tienen hijos los visten para la ocasión, para que salgan incluso llevándolos en carritos. Y es que la Semana Santa en nuestra tierra no es solamente una cuestión religiosa. No se puede obviar su ancestral origen religioso, pero ahora, en el siglo XXI y para los jóvenes, lo que prima, siempre hablando en tendencias generales, no es la fe, sino la tradición. Los que ya hemos nacido en un estado aconfesional vemos la religión de una manera diferente: a nosotros no nos une nuestra fe, sino nuestra historia, nuestros antepasados; en definitiva, nuestra tradición. Nuestros padres y abuelos nos han criado con mayor libertad de la que ellos tuvieron, pero con un profundo sentimiento de arraigo al Bajo Aragón Histórico, a nuestra tierra y a nuestras tradiciones, y la mayor expresión festiva y de orgullo es su singular Semana Santa. Es difícil entender para alguien externo que una persona no creyente o directamente atea lleve un paso de la Virgen de la Dolorosa, se vista de nazareno o acuda desde cualquier lugar donde tenga su residencia a romper la hora en la plaza de su pueblo. Muchos no saben que lo que nos une a esto son las tradiciones que nuestros padres y abuelos nos enseñaron a respetar y valorar y que cuando éstos faltan nuestras tradiciones son una de las pocas cosas que nos sirven para honrarlos. Cuando éramos niños, año tras año,  nos vestían con nuestras túnicas (que era necesario renovar cada año porque íbamos creciendo); nos compraban tambores o bombos, de los que terminamos por  reunir una colección de diferentes tamaños y, nosotros, felices con ellos, procesionábamos por nuestros pueblos o veíamos de su mano pasar las procesiones.

Es por estos recuerdos, por estas nuestras costumbres, que cada Semana Santa veo orgullosa a más gente joven volviendo a casa y no sólo manteniendo la tradición de su pueblo, sino mostrando a una nueva generación, que aún va en pañales, ese amor y respeto por nuestras tradiciones.

La clave ya no es la fe, sino la tradición, y ello ha hecho más abierta y fuerte esta fiesta. Al final, honrar nuestra tierra es hacer pueblo, es hacer familia y, sobre todo, es conservar esa actitud que nos trasmitieron generaciones pasadas de mantener vivo uno de los mayores orgullos de la zona, nuestra Semana Santa.

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