Las RRSS cambian el tratamiento de la pérdida en los jóvenes

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En las últimas entregas de esta sección sobre jóvenes rurales hemos hablado de las cosas que diferencian o representan a la población juvenil que vive fuera de las urbes, y principalmente en nuestro querido Bajo Aragón Histórico. Hoy nuestro tema no nos distingue de las zonas urbanas, por desgracia, es un fenómeno generalizado. La falta de control en las redes sociales no sólo se ve en los repulsivos comentarios de personas que desean ver muerto a un niño enfermo que quiere ser torero o tras la muerte de la propia Bimba Bosé,  sino también en las desgracias más anónimas que pueden suceder en cualquier lugar.

 En las redes sociales que los jóvenes, y muchas personas de cierta edad, estamos acostumbrados a usar a diario, se ven muestras de dolor por la pérdida de seres queridos o de ídolos (recordemos los ejemplos de cariño mostrados al campeón de motociclismo Ángel Nieto recientemente fallecido). Desde luego es algo más que respetable, la polémica no está ahí. El dolor ante una perdida debe salir para poder empezar a aceptar el duelo y sobrellevarlo.  Cuando quien se va además es una persona a la que por edad consideramos que “no le debería tocar”, la sorpresa entre los conocidos es máxima, y la pena de despedir a alguien tan joven se acentúa. En nuestro día a día parece que todos estamos cerca gracias a WhatsApp, Twitter o Facebook, pero nada más lejos de la realidad. Se ha perdido el control de lo que es o no apropiado, creando, en mi humilde opinión, una mayor distancia entre las personas.

Hace un par de meses falleció un amigo mío. No éramos amigos porque coincidiéramos en el instituto, tuviéramos personalidades parecidas o compartiéramos aficiones, simplemente éramos amigos porque a pesar de llevar vidas muy diferentes nos gustaba ser amigos. Una de las cosas más horribles de vivir lejos es no poder estar con tu gente en los momentos en los que crees que deberías. Especialmente cuando alguien cercano deja de estar entre nosotros y no puedes transmitir el calor humano que necesitas expresar en esos momentos. Si a ese hecho, ya de por si triste, se le une un retorcido cambio en la filosofía de los más jóvenes en cuanto a la forma de tratar la muerte en las redes sociales, el mal gusto y la frivolidad están garantizados.  Encontrar el límite entre lo apropiado e inapropiado es tremendamente difícil porque la sociedad está en constante evolución y por lo tanto sus límites cambian así como lo hacen sus características.

 

A principios del siglo pasado se escribían cartas para dar buenas y malas noticias, hoy la inmediatez de las redes no ha de ser vista como el enemigo, sino como otro medio más en el que hay que poner límites y regirse por unas pautas de comportamiento marcadas por una buena educación, el famoso “saber estar”, o el sentido común.

 

La noticia del fallecimiento corrió como la pólvora. Unas horas después de que otro buen amigo me telefoneara para contarme lo sucedido comenzó un desfile de comentarios y reacciones en redes sociales que me parecieron desde despedidas bonitas, hasta muestras de postureo, pasando por frivolidades, o comentarios morbosos e inapropiados. ¿Quién manda un mensaje al móvil de una persona que acaba de morir?, ¿a qué tipo de persona le puede parecer correcto escribir públicamente en el muro de una mujer recién enviudada para preguntarle qué ha pasado con su marido? Yo no soy familiar y tampoco me considero de los más allegados pero el comentario me produjo tal repulsa que estuve tres días sin entrar en la red social. Antes de que decidiera desconectarme había visto muchas reacciones tanto en el muro de mi amigo como en el de su mujer, muchas de ellas comedidas, otras no. Estas expresiones de duelo son algo que la sociedad debe asimilar como natural, en un mundo conectado, todos los temas tienen cabida en la “Red”. Así como a principios del siglo pasado se escribían cartas para dar buenas y malas noticias, hoy la inmediatez de las redes no ha de ser vista como el enemigo; sino como otro medio más en el que hay que poner límites y regirse por unas pautas de comportamiento marcadas por una buena educación, el famoso “saber estar”, o el sentido común (muchas veces el menos común de los sentidos).

Con el paso de los días rebajé mi indignación pensando que a lo mejor a la familia más directa no le habían molestado algunos comentarios que a mí me habían parecido inapropiados. Yo podía haber pecado de demasiado moralista, así que callé y dejé pasar el tema. Dos semanas después al volver a casa lo primero que hice fue reunirme con la mujer de mi amigo. Yo no saqué la conversación pero al final salió. Y resulta que no sólo me molesto a mí, cosa que en realidad no importa nada, sino también a una afligida mujer que acababa de perder al amor de su vida. Reconozco que su moderación y compostura, a pesar de haber tenido que estar pendiente no sólo de las redes de ambos, sino también de sus teléfonos móviles, me sorprendieron y me resultaron admirables.

 

No me imagino a las generaciones que nos precedieron mostrando esa falta de respeto por el duelo, esa mala educación, y menos públicamente.  Puede que fueran más rectos, menos libres, y que esas mismas generaciones hicieran muchas cosas mal, pero la frivolidad pública ante la muerte de alguien es un despropósito propio del s.XXI.

 

¿Qué ha pasado para que la sociedad albergue la posibilidad de hacerle algo así a una persona afligida? ¿Cómo se puede ser tan frio e inoportuno? No me imagino a las generaciones que nos precedieron mostrando esa falta de respeto por el duelo, esa mala educación, y menos públicamente.  Puede que fueran más rectos, menos libres, y que esas mismas generaciones hicieran muchas cosas mal, pero la frivolidad pública ante la muerte de alguien es un despropósito propio del s.XXI. Todo ello aún me parece más indignante cuando pienso que se supone que hablamos de una generación joven que ha tenido la posibilidad de ser la más preparada, la más democrática y la más tolerante que haya visto nuestro país.

Las leyes y los políticos están demostrando que en lo que versa a establecer unas normas de comportamiento en este nuevo espacio interhumano ya llegan tarde. Y con respecto a la sociedad, estos comentarios inapropiados nos demuestran que la evolución de los valores no siempre camina hacia delante, a veces cualquier tiempo pasado fue mejor (aunque sea sólo en esto). De todas formas me queda el consuelo de saber que, como se ha hecho siempre, los que en este tipo de situaciones tan dolorosas dan el paso y ayudan a los afligidos familiares no necesitan hacerse notar; y en el anonimato y muchas veces con una exquisita discreción hacen todo lo que está en sus manos por ser merecedores de todos los matices de la palabra “amigo”. Espero y deseo que estas situaciones sean fruto, precisamente, de la juventud en la relación entre personas y redes sociales, de lo contrario estaríamos degenerando en una pérdida peligrosa de los más básicos principios morales. Ω

A ti.

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