El filósofo Pirrón en el avispero hispano-catalán

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Se dice que cuando el enconamiento y el virus nacionalista (sea con bandera roja-gualda o estrellada) se dan la mano, la razón y su hermano pequeño, el sentido común, huyen como de un nublado entre truenos y rayos. Tratar de vivir una existencia filosófica (filos- amigo, sofía-sabiduría, una cierta forma de conocimiento, sentido del equilibrio entre lo que es razonable y lo que es real) aquí –España y Cataluña- y ahora –en los idus de octubre, oh, César cuídate de ellos- es un trabajo ímprobo y desagradecido, cuando no directamente repudiable y/o punible para unos y otros.

Y sin embargo, podríamos decir como el travieso filósofo francés Michel Onfray, que “devolver la filosofía a la calle, no es hacer la calle”. El filósofo de verdad no está comprado, ni en venta, y habla por el bien común: no “hace la calle” entre política y economía, los Escila y Caribdis de la libertad de conciencia. Tal vez algunas voces filosóficas sosegadas (y sin ganancias o intereses particulares adjuntos) deberían prodigarse y alguno, entre los más dotados, gritarlas o vociferarlas al común, ya que parece ser la única fórmula  comunicativa que  entienden las masas de uno u otro color.

La tesis es clara y aceptable: una comunidad tiene derecho a someter a referéndum la posibilidad de independizarse de una nación democrática determinada. La antítesis también lo es, existen unos medios y fórmulas legales y constitucionales adecuados para proceder a esa consulta y en el caso del que hablamos no se han seguido (ni tampoco se han propiciado por quienes podían hacerlo, exasperando a los de la comunidad secesionista). Y la síntesis cae de su peso: en una situación crítica donde exasperados y renuentes se lanzan a una carrera de amenazas, despropósitos y violencia, lo único razonable es aplicar la “epoché” – o “suspensión de juicio”- de los escépticos (léase Pirron, por ejemplo), volver el contador a cero, enterrar las armas y controlar las manifestaciones y algaradas, exigir discreción y paciencia a la policía y los políticos – a todos por igual- y en un clima racional, bastante estoico, algo escéptico, ligeramente cínico o  con sabios toques epicúreos, REUNIRSE LAS PERSONAS ADECUADAS PARA EL DIÁLOGO (representantes democráticos de la “voluntad” del pueblo) y establecer –sin renuencias ni acusaciones mutuas de mala fe- “ex novo” los parámetros para llevar a cabo los cambios precisos para que se celebre la consulta de una forma clara, honesta, sincera y…legal. Preferiblemente con presencia de invitados de otras naciones.

Pirrón, filósofo nacido en Elis, Peloponeso, en el 270 a.C. y presunto fundador de la escuela escéptica, se sentiría algo abochornado si le injertáramos mágicamente en el avispero hispano-catalán. En principio abominaría sin duda de la falta total de serenidad que se percibe en la situación (la serenidad es el fin último al que aspiran los escépticos) y también vería de inmediato que tanto los de una facción como los de la otra dicen estar en poder de la verdad y la certeza. Pirrón y su exégeta, Sexto Empírico, se niegan a admitir la posibilidad de alcanzar la verdad. Para ellos, la certeza sobre las cosas es una imposibilidad manifiesta. Y para detener el mal camino que toma la cuestión, exigiría a ambas partes analizar cuáles y cómo son, realmente, los elementos que les separan; qué actitudes cabe adoptar para encauzarlos hacia una solución pactada; qué consecuencias –buenas o menos buenas o malas- concurrirían en dichas posibles soluciones (que nunca podrían, por definición, contentar a todos) y buscar compensaciones entre ellos. No hay para Pirrón, ninguna solución perfecta, como no hay verdades absolutas, ni certezas indeclinables. Por tanto, nadie debe esperar una solución que serene y desactive totalmente el avispero. Siempre habrá descontentos y quienes sacan partido y provecho de moverlos y manipularlos. Pero, insistiría Pirrón, hay que desactivar la absurda situación de dos “verdades” o “certezas”  enfrentadas. Apliquemos la “epoché”. Suspendamos los enfrentamientos. Busquemos certezas operativas, pragmáticas, negociables, por encima de histéricas manifestaciones “patrias” y descalificaciones que huelen a fascismo mental.

“Ni siquiera sé que no sé nada” decía Pirrón, (ojalá nuestros políticos tuvieran un poco de esa lucidez) pero recurramos a las leyes que hemos consensuado, a las costumbres razonables de paz y concordia que respetábamos, evitemos la vaguedad y la confusión de muchas de nuestras propuestas y exigencias, examinémoslas con lupa y evitemos contradicciones y daños mayores a los beneficios.

La ética pirrónica (luego ampliada por Sexto Empírico) desconfía de las conclusiones y preceptos precipitados y de vigencia obligatoria surgidos bajo la urgencia de la crisis. Propone una disciplina de la observación contra el dogmatismo y un escepticismo dinámico contra los detentadores de verdades absolutas. En base a eso cuestionamos la oportunidad, y necesidad, del avispero. Con Bacon (otro filósofo moderno –s.XVII- contagiado por los pirrónicos) impulsor del empirismo, pediríamos a las dos facciones del avispero que se liberaran de las creencias y métodos heredados del pasado, única forma de examinar la realidad con posibilidades de saber cómo es (más tarde sería Montaigne, quien rechazaría los apriorismos conceptuales que impiden una visión realista de los hechos).

¿Estamos a tiempo de aplicar un poco de talante filosófico a este desbarajuste de nacionalismos irritados y temerosos? Escribo esto antes de “los idus de octubre” y recomendaría, ocurra lo que ocurra, que los políticos de ambas irritantes facciones (los que creen poseer la “legitimidad” y los que crean su propia “legitimidad”: los dos erróneos y peligrosos) que se aplicaran el consejo que en Hamlet da Polonio a su hijo: “Presta oídos a los que te hablen  pero tu lengua a ninguno”. Es hora de callar, pensar y negociar. El miedo y el odio son malos condimentos para el guiso de la razón. Y hay demasiado miedo (a perder privilegios, prebendas, carreras políticas, mangoneo económico) y odios (disfrazados  de banderas oportunistas) para comprender que en definitiva los que más pierden con estas situaciones son los componentes de esa mayoría silenciosa y temerosa que no pertenecen a ningún partido, facción o bandería. Los que sólo quieren vivir en paz, seguridad, justicia y bienestar. Los que votan a menudo sin saber muy bien por qué y a quién y a qué.Ω

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