¿Y Cataluña…?

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Las naciones de Aragón y Cataluña vivieron siglos en feliz Arcadia suiza, fueron los años de la Unión en la Corona de Aragón cuando la dirigían miembros de las Casas de Aragón y Barcelona. Durante tres siglos no hubo ningún enfrentamiento bélico entre ambas naciones, pero sí, y muchos, con sus vecinos andalusíes, castellanos y franceses. Ni tampoco los hubo lingüísticos –como tampoco los hay en Suiza, y cuando allí los ha habido se han solucionado democráticamente.

En cada nación de la Corona era oficial la lengua propia: aragonés en Aragón, catalán en Cataluña, sin anhelos impositivos de una lengua sobre la otra. La Corona y sus altos funcionarios eran trilingües: aragonés, catalán y latín Esta situación cambió al regir la Corona de Aragón la Casa Castellana de los Trastámaras a principios del siglo XV. A partir de entonces se inició un proceso de destrucción de las naciones aragonesa y catalana con sus lenguas correspondientes por parte de la nación y la lengua castellana, proceso que sigue abierto en la actualidad. El aragonés como lengua oficial desapareció ya en el XV y desde entonces malvive en una precaria oralidad, mínimamente paliada desde finales del siglo pasado. El catalán, aún cuando sufriera persecuciónbajo los Trastámaras y Habsburgos, siguió siendo oficial hasta principios del siglo XVIII cuando la Corona de Aragón fue  sometida por los Borbones a las leyes y lengua de Castilla, lo que implicó la desaparición formal, que no real, de las naciones aragonesa y catalana. A partir de entonces la situación del catalán es cualitativamente idéntica a la del aragonés: malvive en una precaria oralidad, alternando períodos de recia persecución con otros de cierta tolerancia. Cuantitativamente el mayor número de hablantes de catalán en comparación con el de aragonés, podría ofrecer mejor posibilidad de recuperación. Entre los muchos daños colaterales de esos múltiples cambios dinásticos y persecutorios destaca el haberse logrado así el enfrentamiento permanente entre aragoneses y catalanes, utilísimo para mantener distraídos a los ciudadanos.

Desde el 11 de septiembre de 1714 intentan los catalanes, cual polacos, recuperar su nación. Estos lo lograron, se supone que definitivamente en 1945, aquellos siguen en la brecha. El establecimiento de la Mancomunidad de las cuatro provincias catalanas bajo Prat de la Riba a principios del siglo pasado supuso un primer paso, y la lengua catalana volvió a ser oficial doscientos años después de su abolición borbónica, aun cuando su marco de acción quedase limitado a las  instituciones mancomunitarias. La Primera Dictadura Española de aquel siglo, la de Primo de Rivera, en la década de los veinte, cortó de raíz este proceso, que se reiniciaría en la década siguiente con la Segunda República Española. Las Cortes Españolas, muy, pero muy a regañadientes, y bien cepillado, proclamaron el Estatuto de Autonomía de Cataluña –sorprende que grandes espíritus críticos como Antonio Machado y Miguel de Unamuno luchasen con reciedumbre en su contra, con opiniones repletas de prejuicios; sólo el primero cambiaría de opinión al vivir refugiado en Valencia, Barcelona y Cotlliure. En cuanto a las lenguas la Constitución Republicana declaraba que el castellano era la lengua oficial de España, y que todos los españoles, incluidos los catalanes, claro está, tenían el derecho de hablarlo y al deber de saberlo. La oficialidad del catalán que se declaraba en el Estatuto siempre fue entendida como que los catalanes tenían derecho de hablar en catalán, pero nadie el deber de entenderlos ni responderles en catalán. Con lo cual la oficialidad del catalán quedaba sometida en el  mejor de los casos a la buena voluntad de los hablantes, o a la plena inoperancia.  Con el bienio negro se suspendió el Estatuto y a poco de volver a aplicarse se inició la Segunda Dictadura Española del siglo, la de Franco, que lo abolió, y arreció como nunca la persecución de la nación y la lengua catalanas.

Y así, con saltos permanentes entre zanahoria y latigazo, llegamos a la actual Constitución Española y al bien cepillado Segundo Estatuto de Autonomía de Cataluña, con sus muchas limitaciones, especialmente en la economía y en la lengua. Respecto a ésta el Estatuto copia literalmente el republicano del 1932, con lo cual la lengua catalana sigue siendo del todo prescindible en Cataluña. Ante tanto latigazo el Parlamento Catalán aprueba una reforma del Estatuto que las Cortes Españolas cepillan –tomo la voz del diputado Alfonso Guerra- a conciencia, hasta dejarla casi en cueros. Para muchos catalanes se hace entonces evidente que de quedarse la nación catalana en Castilla que hizo a España no les queda otra alternativa que la conmorencia, la conllevancia de Ortega y Gasset, o sea: la desaparición a corto plazo absorbidos por la nación castellana. Surge entonces el proyecto, iniciado en Arenys de Munt, de llevar a cabo consultas a la población sobre permanecer en España o fundar una República Catalana, aunque sin carácter vinculante. Esas consultas se han extendido por todo el territorio catalán.

Y a partir de ahí la actual mayoría en el Parlamento Catalán ha permitido que el Gobierno Catalán convoque un referéndum para el próximo uno de octubre donde los ciudadanos decidan, con carácter vinculante, si quieren seguir en el Reino de España o formar la República Catalana. A este referéndum se opone el Gobierno de España por todos los medios a su alcance, aún cuando algunos de ellos pongan en entredicho la democracia. De los tres pilares que la salvaguardan -los poderes legislativo, ejecutivo y judicial- es bien sabido que este último lleva tiempo sin (digamos: casi) margen de enjuiciamiento frente a las decisiones que le llegan del poder ejecutivo. El reciente asalto militar a una consejería de la Generalidad de Cataluña ordenado por el Gobierno Español que, por lo que leo, se ha hecho sin mandato parlamentario pone aún más en entredicho nuestra debilitada democracia. El ataque al referéndum de autodeterminación catalán del primero de octubre se va convirtiendo así en un ataque a la democracia española. Quienes defienden el derecho democrático de los catalanes a votar en el referéndum del uno de octubre defienden también la debilitada democracia de todos los  españoles. Dentro de pocos días sabremos donde nos encontramos.

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