El conflicto de las banderas implanta las nuevas dos Españas con sólo un enemigo común, el diálogo

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El mes de octubre comenzó con un referéndum ilegal, pasando por la actuación policial de ese día, la detención de Jordi Cuixart y Jordi Sánchez, la declaración de independencia “suspendida”, la DUI, el artículo 155 y el cese de todo el Govern. Un conflicto que parece tener 50 días más de duración y que tendrá toda una vida de consecuencias.

 

El 1 de octubre la población salió a la calle a expresar su voto en un referéndum no vinculante, pero muy simbólico; sobretodo porque los partidarios del voto fueron mayoritariamente portavoces  de la independencia, pero también del descontento con la actuación de un gobierno central que usó todas sus armas, menos el diálogo, para enfrentar un problema que parecía que ellos mismos querían agravar. Los únicos beneficiados, los fabricantes de banderas. En un país donde sólo las competiciones deportivas sacan a relucir los colores patrios ahora los balcones de toda España parecen un capitulo de Juego de Tronos. ¿Se es más español por sacar ahora una bandera?, ¿Si hace un año no estaba colgada en el balcón, no será porque no se hace patria sino contraposición con el nacionalismo catalán? En esta comunidad también han florecido las enseñas como setas, el porqué es sencillo la misma contraposición, esta vez con el estado español.

Volviendo al escenario catalán en un octubre muy movido se pasó del empuje de votar a la decepción general tras la “proclamación sin efecto”. Esta resolución creó mucha frustración en una Ciutadella repleta de independentistas, pero también entre los conocidos “unionistas” (llamados muchas veces ignorantemente fachas) que están en contra de la separación. El movimiento social, la calle, el empuje humano desapareció por unos días para volver a dejar paso a la “baja política” de nuestros representantes, que juegan a decirse y no decirse nada. Si tratáramos la historia como un guión de cine curiosamente ambas partes en conflicto parece que nunca tienen salida pero al final siempre dan un golpe de efecto. Policía en las escuelas, boicot a bancos, artículos como el 155, un DUI, y todo mezclado y agitado con un poco de política para levantar pasiones en las redes sociales, y tenemos nuevamente dos Españas.Lo más importante, o estas en una o en la otra, sin términos medios. Nadie habla del proceso judicial de la “Gürtel”, los incendios simultáneos de Galicia,… eso sí todos somos muy españoles o muy catalanes que es lo más importante. Si leyéramos las partes ocultas del guión posiblemente viéramos como esos grandes enemigos, esas posturas irreconciliables, manejan un plan común para salvar las apariencias. Seria curioso imaginar a Mariano Rajoy, principal fabricante de independentistas catalanes de los últimos años, y a Carles Puigdemont (o anteriormente Artur Mas), principal creador de “buenos españoles y mucho españoles” hablar por un teléfono de ruleta como en los cómics de Mortadelo y Filemón. Cuanto más tiempo estiren el conflicto más votos recibirán ambos en las próximas elecciones, y cuando los plazos no se puedan alargar más se cambiará el tema de discusión otra vez. Y así sigue la rueda y todos nos fijamos en la bandera que tiene el vecino en el balcón pero no en el destrozo de la hucha de las pensiones, el escándalo de la corrupción, el neomachismo de las nuevas generaciones y sobretodo que precisamente el ejemplo que estamos dando a éstas es que las pequeñas diferencias nos separan más que las grandes semejanzas que nos unen.

Todos señalan el poco entusiasmo y euforia de los políticos independentistas tras la votación en el Parlament de Catalunya el 27 de octubre pero era de esperar. La declaración más que real parece un acto simbólico ya que paralelamente en Madrid se estaba preparando el artículo 155 para activar la suspensión de la autonomía. Lo que no quiere decir que Mariano Rajoy vaya a ir a Barcelona a la Generalitat a echar a culazos a Carles Puigdemont de su sillón. El gobierno central utilizará todos sus recursos legales para frenar “la fiesta de la república”, nos guste o no es su deber, defender el estado de derecho y el territorio nacional.

  Un día antes Puigdemont protagonizó uno de los espectáculos más caricaturescos de la política nacional. Convocó y desconvocó hasta tres veces ruedas de prensa. Dentro de los mentideros periodísticos se dijo que se podrían convocar elecciones, luego declarar la DUI, y vuelta a empezar. Uno de los rumores más esperanzadores provenía del País Vasco. El lehendakari Iñigo Urkullu parecía haber convencido al independentismo de que la solución de la situación del país era unir ambas comunidades autónomas, dos de las tres más productivas, para forzar una reforma de la constitución. Los más optimistas vimos en esa posibilidad no sólo una solución al conflicto catalán sino una puerta abierta a la reforma de un país con una legalidad obsoleta en muchos aspectos. Ilusos. La sin razón y el “apellido” ha primado más. No nos olvidemos que el PDeCat no es un partido revolucionario. No hay una revolución social que venga de la derecha y que se pueda considerar como tal. Los burgueses son mala base para estos menesteres y más  los actuales, primero porque están acostumbrados a una buena vida, al estado del bienestar y al consumismo (como en el resto del mundo occidental) y pueden salir mucho a la calle con sus camisas y polos y sobre ellos colocar camisetas con mensaje, pero nunca aguantarán en cuanto esa revolución afecte mínimamente a su vida cómoda y sin estrecheces.

El día de la proclamación en el Parlamente se votó con casi la mitad de la bancada vacía. Aun con todo la “mitad “ de la población se felicitó así misma. Es una guerra abierta donde no se tiene en cuenta que la otra mitad “de este país” no estaba presente. Sin embargo, cuando el presidente Mariano Rajoy anunció las medidas adoptadas para la aplicación del artículo 155, las que algunos consideran “menos duras” de lo esperado, no cambió nada y prosiguió la celebración.

Aunque aquí no se juzga el derecho de los pueblos a la autodeterminación de un estado opresor, se usan términos como “dictadura” o “presos políticos”. Como muy bien dijo Carles Vallejo en una entrevista al Intermedio, presidente de la asociación catalana de expresos políticos del Franquismo, “no hagamos comparaciones a la ligera con el franquismo, no banalicemos porque menoscabamos a las victimas y eso es muy serio”. Fernando González “Gonzo” le preguntó en dicha entrevista si encontraba similitudes entre ambas épocas a lo que Vallejo afirmó que “no hay ninguna semejanza, evidentemente es una democracia imperfecta pero desde ella hemos de luchar para avanzar”.  Durante la conversación explicó como eran esas detenciones arbitrarias durante la dictadura,  “para nosotros ir a la cárcel o al juzgado era una liberación porque acababan las torturas”; en cuanto a las cárceles las recuerda como “grises y sucias, con un trato vejatorio”.  El expreso político también reconoció que no comparte la actuación de la Policía ni los juzgados, aunque admitió que “la diferencia es radical porque de entrada puedes luchar con los instrumentos que te ofrece la democracia”. Ahora una clase media-alta que se ha manifestado cuatro veces se cree heredera de estos auténticos defensores de la democracia.

Que lástima me da saber que la pelea por una bandera es más importante que una unión entre comunidades distintas, pero irremediablemente hermanadas por lazos de sangre, para luchar por la mejora de nuestra democracia y por acabar con los verdaderos problemas de la sociedad española: el paro, la corrupción, la inestabilidad económica, el aumento de la pobreza y las desigualdades. Si nos dejáramos llevar un poco menos por la pasión y más por la razón veríamos que no hay un futuro fácil y feliz para las nuevas generaciones, sólo les estamos dejando odio y segregación, una herencia errónea si queremos que su futuro sea mejor que nuestro presente. Retroceder hasta las dos Españas nunca será bueno. Ω

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