Editorial diciembre 2015: No habrá futuro sin consumo local

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El mundo actual va muy deprisa, y la globalización que lo acompaña está llena de riesgos y de posibilidades.

Nos podemos extinguir o podemos evolucionar socialmente para que esta parte de Aragón que desde hace siglos se conoce como el Bajo Aragón y que actualmente denominamos Bajo Aragón Histórico no acabe convirtiéndose en un desierto demográfico en unas cuántas decenas de años.

El sector servicios en el cómputo total de nuestras comarcas, y especialmente en sus cabeceras, es fundamental para mantener la población y el tejido económico tal como actualmente lo entendemos. Sin un potente sector servicios la gran mayoría de puestos de trabajo no existirían y con ello la migración sería el único camino para gran parte de nuestra población.

La compra de proximidad y el consumo de productos, bienes y servicios locales, golpean de frente contra la deslocalización de nuestra población y de nuestra riqueza.

Además del sector servicios, los sectores primario y secundario no dejan de ser menos importantes desde un punto de vista económico en nuestro territorio. Y más cuando en muchas ocasiones van unidos de la mano la producción y la manufactura de la materia prima, como es el caso del aceite de oliva con su posterior embotellamiento y comercialización o la almendra con su embasado y puesta ya a la venta desde los centros de producción. Son sólo dos ejemplos estos de los varios que hay.
El análisis lo tenemos claro, ahora hay que pasar a la acción y a la concreción. Tengámoslo claro, hemos de consumir y comprar a nuestro vecino para que el círculo virtuoso de la economía se mantengan en nuestro territorio. No es cuestión de caer en un rancio chovinismo, ni tampoco se trata de no poder ir más allá de La Azaila para comprar algún consumible. De lo que trata es de acabar de entender que esta tierra no tiene ningún futuro sino tenemos una cierta preferencia por lo que ella nos ofrece. Y desde esta perspectiva las actuaciones son muchas y muy diversas.

No es cuestión de caer en un rancio chovinismo, ni tampoco se trata de no poder ir más allá de La Azaila para comprar algún consumible. De lo que trata es de acabar de entender que esta tierra no tiene ningún futuro sino tenemos una cierta preferencia por lo que ella nos ofrece.

Por ejemplo, en las grandes superficies que surgen como champiñones en nuestras comarcas vemos que los productos que generan nuestros agricultores y ganaderos brillan por su ausencia en las estanterías y escaparates de estos establecimientos. ¿Por qué no es posible comprar aceite de oliva de nuestras cooperativas o almendra embasada de nuestras fábricas? ¿Por qué no vemos vino de nuestra tierra o melocotón de nuestra denominación de origen? ¿Por qué ocurre esto, por qué lo permitimos? ¿No sería posible “aconsejar” desde el poder político a estos establecimientos que su permanencia en nuestro territorio debería ir ligada a la comercialización de los productos que ofrece esta tierra? Tenemos en estas actuaciones un largo camino para equilibrar la injusta situación que actualmente existe.

Y por otro lado, el gran caballo de batalla. La concienciación social de la preferencia por el consumo de bienes y servicios próximos. La salvaje deslocalización que la globalización nos impone hace que los recursos económicos se polaricen y que el 1% de la población tenga tantos recursos como el restante 99% como recientemente ha salido en prensa. La compra de proximidad y el consumo de productos, bienes y servicios locales, golpean de frente contra la deslocalización de nuestra población y de nuestra riqueza.

Las regiones más prósperas de España y de Europa lo tienen claro en este sentido y lo aplican fervientemente. Un mundo más humano, más sostenible, más igualitario, más ecológico y más próspero dependerá de que cada territorio se pueda autoabastecer en gran medida con sus propios recursos. Se trata de no renunciar a los beneficios incuestionables de la interconexión global sabiendo esquivar las consecuencias letales que lleva consigo la globalización. Ω

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