¡El rey está desnudo!

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No sé si recuerdan ese cuento de Andersen en el que un rey, superficial y presumido, obviando los problemas de su reino únicamente se ocupaba de sí mismo y, su narcisismo egoísta le llevo a sostener y pagar, para que confeccionaran sus vestiduras, a unos sastres miserables que hicieron creer a todo el reino que tejían unas telas extraordinarias que sólo las personas elegantes y sabías podían ver.

El rey se paseaba vestido con esos trajes invisibles y, tanto el pueblo como sus cortesanos jaleaban sus galas, pues nadie quería parecer ignorante reconociendo que no las veía, cuando el propio rey afirmaba su existencia.

En este reino nuestro, real y verdadero, hemos sido víctimas del mismo cuento. Nuestro monarca, investido por obra y gracia del franquismo, también ha lucido durante demasiado tiempo unas galas ficticias que no le correspondían, consiguiendo engañar y despistar con ellas a toda la ciudadanía.

Un cuerpo de sastres falaces se ocuparon de difundir la voz y de tejer la trama, confeccionando los patrones que sentaban bien a la monarquía, hilvanando con sus tintas impresas, con sus telediarios y comunicaciones manipuladas, esos hermosas galas democráticas, culturales, campechanas, sociales y solidarias con las que cubrir las vergüenzas de la corona; y en este reino nuestro, real y verdadero, donde tampoco falta el boato de desfiles y recepciones, el pueblo aplaudió y reconoció la elegancia de su monarca.

Aquellas que se atrevieron en algún momento a susurrar siquiera y denunciar, como la niña del cuento que “el rey está desnudo”, fueron tachadas, en este reino nuestro, de resentidas ignorantes y de querer destruir la paz tan arduamente conseguida.

Así que los falaces sastres, siguieron tejiendo impunemente trajes nuevos a esa corona malsana que se pudría tras la ficción y el engaño de sus discursos, para que el pueblo no sospechara y siguiera jaleando su elegancia.

No obstante, el grito de “el rey está desnudo” afortunadamente es ya un clamor y los linos, los tejidos de tinta impresa, de discursos manidos, con el que los embaucadores han disfrazado la corrupción, la falta de ética, los excesos, los negocios fraudulentos...¨, en definitiva, la verdad de un monarca y una monarquía egoísta y corrupta, ajena a las necesidades del pueblo, ya no son incuestionables.

La monarquía está desnuda y por más que se afanen sus compinches no podrán engañarnos cubriendo sus vergüenzas con ficciones, ahora, eso sí, es preciso que el pueblo que ya ha descubierto el engaño, tenga el valor de asumir la verdad y gritarla por todos los rincones de este reino nuestro para cambiar de una vez y para siempre el final del cuento, ese que nos llevan repitiendo desde el 78.■

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