Dos no discuten si uno no quiere

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Alán Barroso

Alán Barroso nos da su punto de vista sobre el proceso abierto en Cataluña y las posible soluciones al mismo.

Es innegable que el sentimiento independentista ha calado hondamente en la sociedad catalana, guste o no guste. Y como no puede ser de otra manera esto tiene inevitables consecuencias políticas tanto dentro de Catalunya como en el resto del estado Español.

Lo ocurrido hace unos años, durante el gobierno tripartito catalán, con el nuevo estatuto de autonomía de Catalunya, que a pesar de haber sido refrendado y apoyado con amplia mayoría por el pueblo catalán fue despreciado desde Madrid y desde el Tribunal Constitucional, es paradigmático del porqué del gran crecimiento del número de catalanes que quieren romper su relación actual con España y pasar a ser un estado independiente.

Lo primero de todo debería ser descartar explicaciones sencillas, maniqueas e interesadas que abundan y que como una mala niebla no dejan ver con claridad a los que pretenden entender lo que ocurre e intentan buscar soluciones.

Los independentistas no han sido engañados, los independentistas no odian España (es más, una gran cantidad de ellos son hijos de inmigrantes españoles), los independentistas no son seres malvados y abyectos ni tampoco son bobos y manipulables. Entonces ¿qué son los independentistas? En primer lugar, los independentistas son la base del movimiento que ellos llaman procès, sin ellos no hay proceso y sin ellos tampoco hay Cataluña, porque representan la nada desdeñable cantidad del aproximadamente 50% de los ciudadanos catalanes. Los independentistas no son Artur Mas, los independentistas son miles de personas enlazadas en un proyecto transversal con un horizonte compartido. Pero la pregunta que surge más allá de explicar que son es: ¿por qué son? Obviamente hay una cantidad de ellos que son independentistas de corazón, que de verdad creen y siempre han creído en un estado catalán independiente del estado español, pero voy a insistir en que estos independentistas, que merecen todo mi respeto por sus aspiraciones y por su lucha histórica, solo representan una minoría del grueso del independentismo catalán. Entonces, una vez pasada esta criba ¿quién queda? La mayoría, claro. Pero ¿de dónde salen? ¿Por qué quieren irse?

Es evidente que la discusión es un elemento indispensable para el buen funcionamiento democrático de una sociedad. Una sociedad, en la que como cualquier otra, existen problemas, y frente a estos, soluciones. Pero para que una solución sea realmente eficaz debe ser democrática y debe surgir de un proceso de discusión entre las partes afectadas para que entre ambas se logre una respuesta al problema que incorpore motivos de ambos interlocutores.

Pero como dice el refrán “Dos no discuten si uno no quiere” y lo que en principio parece algo positivo, como huir de la discusión, acaba convirtiéndose en un problema que terminará generando molestias innecesarias que podrían haberse evitado con su previa discusión. Es imprescindible para establecer una discusión en torno a una cuestión la existencia de dos interlocutores, y obviamente tenemos un problema inmenso cuando uno de ellos cierra los ojos y se tapa los oídos intentando ignorar y negar el problema.

¿De dónde salen? ¿Por qué quieren irse? Salen de intentar establecer una discusión y quieren irse porque su interlocutor cerró los ojos y se tapó los oídos (y lo sigue haciendo). Cuando esto ocurre es muy difícil seguir inmóvil esperando que por arte de magia el que debía hablar comience a hacerlo.

El gobierno Español ha rechazado y evitado en infinidad de ocasiones establecer una discusión y buscar la solución a un problema evidente de carácter territorial y nacional. Esto ha polarizado las posiciones políticas y ha enquistado un problema que debe-ría solucionarse con diálogo. ¿De qué tiene miedo el gobierno Español? Debates del mismo tipo se han abierto en Gran Bretaña con Escocia o en Canadá con Quebec y, para la sorpresa de muchos defensores de actitudes inmovilistas, estos diálogos establecidos y los posteriores referéndums activados en las regiones mencionadas acabaron por solucionar una parte importante del problema y volvieron a reconfigurar un encaje territorial que había quedado obsoleto en ambos estados. Solo hizo falta algo tan positivo y para nada temible como la democracia.

Dicho esto y para finalizar, animo a todos aquellos que queremos que Catalunya continúe formando parte de España a comenzar un diálogo, a comenzar una discusión que frente a los tradicionales inmovilismos y negativas proponga soluciones democráticas. Hay una voluntad de cambio innegable, tanto en Cataluña como en España, aprovechémosla para construir un nuevo país en el que todos estemos porque queremos estar y su pegamento sea la libre elección y la seducción. Tenemos la oportunidad y la responsabilidad histórica de hacerlo, reconstruyamos el acuerdo de convivencia entre pueblos con fraternidad e igualdad. Ω

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