#JaimeDobato - Sobre la retórica en política

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Las circunstancias climatológicas y algún otro pormenor dieron conmigo y mi atención prestando oído y vista al televisor, en las interminables jornadas del debate de investidura de nuestro nuevo presidente.

 Sin entrar a profundizar en el tono general que se respiraba en el hemiciclo se puede aseverar sin faltar a la verdad que la mediocridad de los oradores es el factor que los asemeja de forma tajante e indudable.

Se repetían los lugares comunes a uno y otro bando, sin sorprenderse nadie lo más mínimo de lo que iba ocurriendo entre el ocasional ocupante del estrado y su circunstancial oponente, jaleados debidamente a la mínima oportunidad.

Tanto es así que hubo quien llevaba las respuestas por escrito sin necesidad de haber oído previamente las preguntas ––contrasentido donde los haya–– aunque ello no era óbice para que el graderío se despachara, bien con aplausos, bien con los más variados exabruptos a la más mínima ocasión.

Un interviniente destacó, a mi entender, sobre todos los demás. El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, artífice y arquitecto de un gobierno que inicia en estos días su andadura.

Reúne cualidades, no sé si adquiridas o innatas, que hacen de él un excelente orador. Conoce en profundidad el tema del que habla, su discurso rebosó conocimiento sin palabrería ni verbosidad. Mantiene una opinión falsa y consigue hacer que parezca verdadera al que escucha. Sabe que lo que dice es engañoso y aunque personalmente no mantiene una falsa opinión, engaña al otro y manipula sus sentimientos.

Todo expuesto de un modo cautivador, trufado con alguna gracieta para amenizar, con la entonación precisa y un tempo medido al milímetro.

No quiero decir con lo presentado que haga de él un gran político, ni una gran persona, ni un filántropo, pero si un excelente orador.

La elocuencia y una lengua ágil crea enemigos, la verborrea hipnotizante de otros aburre a la par que aturde y la reiteración de mantras entontece a los más espabilados. De todo hubo, pero la grisedad y el tedio camparon por sus respetos si exceptuamos a este entrañable y ameno republicano.

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