Cuaderno de Tokio

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Jorge Abril | Historiador

Como amante vocacional de la Historia Antigua, reconozco que mi afán por conocer, estudiar, y visitar países actuales en donde se asentaron civilizaciones del mundo antiguo, Japón nunca estuvo hasta la fecha en mi agenda de prioridades.

A decir verdad, la ciencia histórica Europea ha tenido muy poco contacto con el mundo japonés. En 1165 comienza a circular la Carta del Preste Juan, y el mundo medieval europeo relata la existencia de un reino cristiano fantástico más allá de las tierras controladas por los musulmanes, en el Lejano Oriente, pero ese reino se queda en las zonas de Asia Meridional. Posteriormente  aprovechando las colonias portuguesas de Macao y las posesiones españolas en Filipinas, el mismo San Francisco Javier llega a Kagoshima el 15 de agosto de 1549 para difundir la misión evangelizadora de la compañía de Jesús, y lograron bautizar al primer señor (daymo) japonés Omura Sumitada “Don Bartolomeo” que permitió abrir posteriormente al comercio extranjero el puerto de Nagasaki.

Curiosamente, mi interés por Japón lo despertó una buena amiga de mi familia. Miyuki Yamahoka, una pianista de Tokio excepcional que aterrizó en Teruel cuando era un niño y rápidamente hizo buenas migas con mis padres. Residente en España desde hace décadas, y con un castellano envidiable, todavía a día de hoy espera en el portal de casa de mis padres para   que le des su aprobación para entrar en el nido familiar, mantiene una risa comedida y desordenada ante cualquier broma ibérica, escucha atentamente las conversaciones, atendiendo con disciplina militar todas y cada una de las mismas, bien sean temas de huerta, de lindes o chascarrillos que sólo sabemos los alcañizanos. Siempre vi en sus ojos, una quietud, asimilación del sufrimiento y profundo respeto al código escrito, y visitando su ciudad, comprendí los gestos de sus ojos trasladados a una ciudad y un país como Tokio y Japón.

Tokio es una ciudad inmensa y nueva. No en vano, los intensos bombardeos americanos durante  la II Guerra Mundial, dejaron  hechos cenizas las casas  de madera y los barrios reticulares japoneses y actualmente es una gran urbe en donde han importado el modelo occidental de las grandes metrópolis de consumo y negocios, y  constantemente ríos de personas discurren sin cesar, dando una sensación de un caos jerárquico y ordenado especial.

Para un tierrabajino acostumbrado a no ver a nadie en cientos de kilómetros, la sensación de verse rodeado de rascacielos sin casi ver el suelo y a la par  navegando entre un río inmenso de gente en Shibuya es fascinante. No obstante, esta sensación, que podría ser compartida en ciudades como Pekin, Nueva York o Bangkok se vive de una manera diferente en Tokio, y que puede ilustrarse con una cita de  la  escritora belga-japonesa Amelie Nothomb en su fantástico libro Estupor y temblores, en donde  describe su primer día de trabajo en Japón: “El señor Haneda era el superior del señor Omochi que era el superior del señor Saito, que era el superior de la señorita Mori, que era mi superiora. Y yo no era la superiora de nadie”. 

En Tokio, todos forman parte de un todo, pero hay un submundo jerárquico en donde el trabajo, el estado y la comunidad priman sobre la individualidad; se sienten fascinados por el hormigón, el consumo y los patrones de éxito occidentales, pero se niegan a prescindir de su fuerte identidad  austera muy vinculada al mundo interior, por duro y complejo que sea.

Esa austeridad la puedes comprobar cuanto sales de las zonas centrales de Tokio y te vas adentrando en barrios populares y residenciales alejados del flujo de curiosos y visitantes. El distrito de Nerima-Kasugacho es un distrito de casas austeras, funcionales y ligeramente desordenadas. El cable disperso por las alturas, anti terremotos  se combina con algunos parques funcionales pero cuidados al detalle, y las casas japonesas carecen en su gran mayo-ría del barroquismo tan característico del mundo mediterráneo. Otro gran autor japonés Hiromi Kawakami en su novela “El cielo es azul, la tierra blanca” describe la casa de uno de sus personajes, el profesor Harutsuna Matsumoto: “Estaba más desordenada de lo que imaginaba, esperaba encontrar una casa impoluta pero en los rincones oscuros había montañas de trastos acumulados. En la habitación contigua al recibidor rei-naba el silencio. No parecía habitada, sólo había un viejo sofá y una alfombra.”

Los que hemos tenido la oportunidad de conocer a japoneses reconocemos un mundo interior tremendamente fascinante, de aceptación de la realidad de su mundo y circunstancia tal cual es, y muy dado al cultivo solitario del yo personal para reforzar el papel de ese yo en el rol colectivo. La vinculación al trabajo y a la comunidad es alta, y hay asociaciones de voluntarios que una vez jubilados continúan yendo a su puesto de trabajo, creando un  perfil social muy alejado del modelo  occidental que aspira a tener una espléndida jubilación para abandonar su pasado laboral. No obstante, esta sociedad dista mucho de ser utópica e ideal y sería un error crear arcadias en una sociedad exótica para nosotros. La gente en el metro está en silencio, raramente miran a los ojos, y bajo esa amabilidad envidiable se esconde una sociedad muy marcada aún  por los patrones del viejo imperio.

En  1988 coincidiendo con el 47 aniversario del ataque japonés a Pearl Harbor, el alcalde de Nagasaki, quizás guiado por ese espíritu de apertura jesuítica siglos anteriores, acusó al emperador Hirohito de ser responsable de la guerra y de los numerosos excesos de los japoneses, tanto en la guerra como en las torturas en los famosos barcos de la muerte. Automáticamente muchas voces pidieron destituir, procesar y hasta ejecutar al alcalde de Nagasaki por esta respuesta al emperador. Hirohito muere un mes más tarde y once días después dispararon por la espalda al alcalde de Nagasaki. Una buena muestra del código de honor jerárquico que todavía perdura en Japón y que impide crear una sociedad más flexible y adaptada al nuevo siglo XXI.

Si les tengo que recomendarles algún lugar especial  de la ciudad, me quedo de manera especial con la entrada a los jardines del Palacio Imperial, un perfecto contraste de lo que puede ser Japón: Por un lado, cultura del jardín, amor por la quietud, percepción intensa del detalle, y amor por la naturaleza. Por otro lado, está el Japón de los negocios, del capitalismo sin complejos, de los rascacielos cuadriculados, los ruidos tecnológicos imposibles, y de una nueva sociedad que anda un tanto perdida buscando su rumbo. En cierto modo, todos andamos en algún momento de nuestras vidas un tanto perdidos, ¿no creen? Si es así paren de vez en cuando a ver florecer un cerezo en flor. Lo simple y lo concreto puede ser el inicio de un nuevo camino muy vinculado a la tradición budista zen: La quietud abierta. Ω

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